Por Orlando Scoppetta DG.
En el capítulo anterior me quedé en Siena. Allí, mientras Giotto exploraba en Florencia y Padua nuevas maneras de representar el cuerpo y el espacio, Duccio conservaba buena parte de la elegancia de la pintura bizantina, pero comenzaba a introducir personajes que se miraban, reaccionaban y actuaban dentro de escenarios cada vez más reconocibles. Podríamos seguir desde allí hacia otros pintores sieneses y observar cómo fueron cambiando la línea, el color o la representación del espacio. Sin embargo, unas décadas después de Duccio apareció en Siena una obra que permite hacer una pregunta distinta: ¿para qué podía servir una pintura?
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| San Nicolás ofreciendo la dote a tres hijas pobres. Ambrogio Lorenzetti. 1332. Galerías Uffizi |
La pregunta puede parecer extraña porque ya hemos encontrado muchas respuestas. La pintura podía narrar episodios de la Biblia, enseñar las vidas de los santos, provocar devoción o llenar los muros de una iglesia con imágenes de un mundo que estaba más allá de la experiencia cotidiana. Pero Ambrogio Lorenzetti recibió hacia 1338 un encargo bastante diferente. No debía pintar una iglesia. Debía decorar la sala del Palazzo Pubblico en la que se reunían los Nueve, el gobierno de la República de Siena. Lo que pintó allí no cuenta la vida de Cristo ni la historia de algún santo. Trata de algo mucho más cercano a quienes se reunían diariamente en esa habitación: las consecuencias de gobernar bien o mal una ciudad.
Una pintura para gobernantes
Ambrogio Lorenzetti pertenecía a la generación posterior a Duccio y, junto con su hermano Pietro, fue uno de los grandes pintores sieneses del siglo XIV. Entre 1338 y 1339 realizó en tres paredes de la llamada Sala de los Nueve, también conocida como Sala de la Paz, el ciclo que hoy conocemos como Alegoría y efectos del Buen y del Mal Gobierno. La pintura no estaba allí para decorar simplemente la habitación. Les recordaba qué se esperaba de ellos y qué podía ocurrir si fracasaban.
En una de las paredes aparece la alegoría del Buen Gobierno. La composición puede resultar difícil para nosotros porque Lorenzetti utiliza personajes para representar ideas. La Justicia aparece sentada bajo la Sabiduría, que sostiene una balanza. De sus platos descienden unas cuerdas que llegan hasta la Concordia y de allí pasan a un grupo de ciudadanos. Finalmente, estos entregan la cuerda a una figura que representa al gobierno de Siena. Cerca se encuentran varias virtudes, entre ellas la Prudencia, la Fortaleza y la Paz. Para un espectador de la época, acostumbrado a este lenguaje, la relación debía resultar bastante más evidente de lo que es para nosotros: una ciudad bien gobernada requería justicia y concordia entre sus habitantes.
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| Alegoría del buen gobierno en la ciudad. Lorenzetti. 1339. Sala dei Nove de Siena. Foto tomada de Wikipedia. |
Hasta aquí podríamos estar todavía ante una representación relativamente convencional. Las virtudes habían aparecido muchas veces personificadas en el arte medieval. Lo extraordinario ocurre cuando Lorenzetti muestra qué sucede cuando esas ideas salen de la alegoría y llegan a una ciudad.
En la pared contigua aparece una Siena que es al mismo tiempo real e imaginada. Se reconocen rasgos de su arquitectura, incluso el campanario y la cúpula de la catedral, pero Lorenzetti no pretendía elaborar un mapa exacto. Lo que le interesa es mostrar una ciudad funcionando. Hay tiendas abiertas, artesanos trabajando, personas que compran y venden, animales que transportan mercancías y edificios en construcción. Se distinguen los talleres de un sastre, un orfebre y un zapatero. En medio de la calle, un grupo de mujeres baila mientras alrededor continúa la actividad cotidiana.
Esta parte del fresco me resulta especialmente interesante porque permite asomarse, aunque sea a través de una ciudad idealizada, a la vida de comienzos del siglo XIV. Durante buena parte del recorrido que hemos hecho hasta ahora, las pinturas nos han mostrado emperadores, vírgenes, santos, apóstoles y escenas bíblicas. Aquí encontramos comerciantes, trabajadores, maestros, estudiantes y personas que simplemente atraviesan una calle. El tema sigue siendo moral y político, pero para explicarlo Lorenzetti necesita representar la vida ordinaria.
La ciudad tampoco termina en sus murallas. Una puerta conduce hacia el campo y la pintura continúa por caminos en los que circulan viajeros y mercancías. Hay campesinos trabajando, cultivos, viñedos, animales y casas distribuidas entre las colinas. Ciudad y campo aparecen vinculados porque la prosperidad de una depende de la otra. Las puertas pueden permanecer abiertas y las personas pueden desplazarse porque existe seguridad. La idea política se vuelve entonces bastante concreta. Un buen gobierno no se reconoce por aquello que dice de sí mismo, sino por lo que ocurre en las calles, en los talleres, en los campos y en los caminos.
La otra posibilidad
Lorenzetti pintó también lo contrario. En la pared dedicada al Mal Gobierno, la figura central ya no representa a una comunidad organizada alrededor de la justicia, sino a la Tiranía. La Justicia aparece sometida a sus pies y alrededor del tirano se reúnen distintos vicios. La diferencia más importante aparece nuevamente en las consecuencias. Allí donde había actividad económica y calles transitadas aparecen violencia, destrucción y miedo. La ciudad deja de ser el lugar donde las personas pueden trabajar y relacionarse con cierta seguridad.
Esto hace que el ciclo sea mucho más que una sucesión de alegorías. Lorenzetti establece una relación entre principios políticos y condiciones concretas de vida. La justicia produce concordia, la concordia hace posible el orden de la ciudad y ese orden permite trabajar, comerciar, aprender, construir y cultivar. Cuando domina la tiranía, esa cadena se rompe. Puede discutirse, naturalmente, cuánto tenía de realidad esta imagen de Siena. Quienes encargaron los frescos eran precisamente los gobernantes de la ciudad y no resulta difícil advertir que estaban presentando una visión favorable de su propio gobierno. La pintura política tampoco nació libre de propaganda.
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| Alegoría del Mal Gobierno. Lorenzetti, 1939. 1339. Sala dei Nove de Siena. Foto tomada de Wikipedia. |
Pero incluso esa circunstancia dice algo importante sobre la sociedad que produjo la obra. Para legitimarse, los gobernantes de Siena consideraban necesario presentarse como responsables de unas condiciones de vida que podían verse en la ciudad y en el territorio. Un gobierno debía ser juzgado por sus efectos.
Hay otra transformación que también se hace visible. Lorenzetti todavía no conoce la perspectiva matemática que aparecerá durante el siglo siguiente. Los edificios no siempre se relacionan entre sí de una forma espacialmente coherente y la escala de las figuras cambia según las necesidades de la composición. Sin embargo, es enorme la ambición de representar una ciudad completa, llena de personas que realizan actividades diferentes al mismo tiempo.
Cuando comencé esta historia varios capítulos atrás, buena parte de las imágenes que vimos tenían sentido porque remitían a una realidad situada fuera de este mundo. Con Giotto los cuerpos adquirieron peso y las emociones se hicieron más visibles. Con Duccio las historias comenzaron a desenvolverse dentro de espacios cada vez más reconocibles. Lorenzetti da otro paso porque convierte al propio mundo de los hombres en un asunto digno de ser observado.
Tal vez por eso los frescos del Buen Gobierno resultan todavía tan cercanos. Han pasado casi siete siglos desde que fueron pintados y ya no compartimos buena parte del lenguaje alegórico que utilizó Lorenzetti. Sin embargo, seguimos entendiendo el interrogante que plantean aquellas paredes de Siena: ¿qué aspecto tiene una sociedad cuando sus instituciones funcionan y qué le ocurre cuando dejan de hacerlo?



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