Por Orlando Scoppetta DG.
Durante varios siglos, algunas de las imágenes más cuidadas y costosas de Europa permanecieron dentro de libros. Para verlas era necesario abrir una cubierta, pasar las hojas y acercarse a ellas. La pintura se volvió más pequeña, pero no menos ambiciosa.
| Miniatura de Cristo en Majestad del Bestiario de Aberdeen |
La página imponía condiciones distintas. El pintor ya no
trabajaba sobre una pared extensa. Debía compartir un espacio reducido con
letras, columnas, márgenes y líneas de escritura. A veces la imagen ocupaba una
página completa. En otras ocasiones se introducía en una inicial, rodeaba el
texto o aparecía en sus bordes.
La pintura entró en el libro y tuvo que aprender a vivir con
la palabra.
Después de Roma
La Edad Media europea abarca, de manera convencional, el
periodo comprendido entre la desaparición del Imperio romano de Occidente, en
el siglo V, y el comienzo de la Edad Moderna.
Durante esos siglos surgieron reinos, crecieron ciudades, se
construyeron monasterios y universidades, y se ampliaron las redes comerciales.
El cristianismo se convirtió en una de las principales fuerzas culturales de
Europa occidental, aunque convivió con tradiciones locales y con influencias
procedentes de Bizancio y del mundo islámico.
En ese escenario, los libros todavía se escribían, decoraban
y encuadernaban a mano. Antes de la imprenta, que comenzó a difundirse por
Europa durante el siglo XV, cada ejemplar exigía muchas horas de trabajo y
materiales costosos.
Poseer un libro era algo excepcional.
Una superficie hecha de piel
Durante buena parte de la Edad Media, las páginas se
preparaban con pieles de oveja, cabra o ternera. La piel era limpiada,
estirada, raspada y secada hasta obtener una superficie suficientemente fina.
El resultado recibía el nombre de pergamino. Las hojas se recortaban, se
doblaban y se reunían en cuadernillos. Después se marcaban las líneas que
ordenarían el texto.
La superficie conservaba algunas señales de su origen.
Podían distinguirse irregularidades, pequeños agujeros y diferencias entre el
lado del pelo y el lado de la carne.
El pintor medieval no trabajaba sobre una superficie
uniforme. Trabajaba sobre el cuerpo transformado de un animal.
Escribir e iluminar
La producción de un manuscrito podía involucrar a varias personas. Una preparaba el pergamino. Otra copiaba el texto. Otra revisaba los errores. Los espacios destinados a las imágenes y las letras decoradas podían completarse después.
La palabra manuscrito significa escrito a mano. La expresión manuscrito iluminado se aplica a los libros decorados con colores, oro o plata.
El oro reflejaba la luz y hacía que algunas partes de la
página brillaran al cambiar la posición del libro. Una inicial, un halo o una
túnica podían adquirir una presencia distinta bajo la luz de una ventana o una
vela.
La imagen no emitía luz, pero parecía recogerla.
Los pigmentos procedían de minerales, plantas, insectos y
otras sustancias. Algunos materiales llegaban desde lugares muy lejanos. El
azul ultramarino, por ejemplo, podía obtenerse del lapislázuli transportado
desde Asia central.
Una página pequeña reunía piel, metales, minerales, tintas y
conocimientos procedentes de distintos territorios.
Del monasterio a la ciudad
Muchos manuscritos fueron producidos en monasterios. Algunos
contaban con espacios destinados a la copia de textos, conocidos como
scriptoria. Allí se preparaban libros para el culto, el estudio y la
conservación de obras religiosas o antiguas.
| Representación de un scriptorium en un manuscrito del Speculum Historiale. Francia 1478-1480. Imagen tomada de Wikipedia |
Sin embargo, los manuscritos no fueron siempre obra
exclusiva de monjes. A medida que crecieron las ciudades y aumentó la demanda
de libros, aparecieron talleres formados por escribas, pintores,
encuadernadores y comerciantes.
Durante la Baja Edad Media, las universidades y las cortes
estimularon una producción cada vez más especializada. Algunos artistas
comenzaron a ser identificados por su nombre y a trabajar para clientes
concretos.
El libro pasó del monasterio a la ciudad. El trabajador
anónimo empezó lentamente a convertirse en artista reconocido.
El Libro de Kells
Uno de los manuscritos iluminados más conocidos es el Libro
de Kells, realizado alrededor del año 800. Contiene en latín los cuatro
Evangelios y se relaciona con comunidades monásticas de tradición insular.
Su fuerza se encuentra en la ornamentación.
Letras, animales, figuras humanas, espirales, nudos y líneas
entrelazadas llenan la superficie. En algunas páginas resulta difícil
determinar dónde termina una letra y dónde comienza la imagen. El texto se
convierte en forma visual.
La célebre página de las letras Ji (X) y Ro (P), abreviatura del
nombre de Cristo, ocupa casi toda la superficie. Dentro y alrededor de ellas
aparecen figuras diminutas, curvas y tramas de enorme precisión.
| Imagen del Libro de Kells. Se observan la "X" y la "P". Imagen de la página de la Biblioteca del Congreso Argentino |
La mirada sigue líneas, descubre animales ocultos, se
detiene en pequeños rostros y vuelve a perderse entre los detalles.
Los Evangelios de Lindisfarne
Los Evangelios de Lindisfarne fueron producidos a comienzos
del siglo VIII en la isla de Lindisfarne, frente a la costa de Northumbria. Una
anotación posterior atribuye su realización a Eadfrith, obispo de Lindisfarne.
El manuscrito combina tradiciones cristianas mediterráneas
con formas ornamentales del arte insular. Incluye retratos de los evangelistas,
grandes letras iniciales y páginas cubiertas por diseños geométricos.
Las líneas se cruzan, se anudan y regresan sobre sí mismas.
Entre ellas aparecen aves, serpientes y otros animales cuyos cuerpos se
convierten en ornamentación.
| Imagen de San Marcos. Evangelios de Lindisfarne |
La precisión del trabajo resulta difícil de imaginar. Cada
línea debía mantener su relación con cientos de líneas anteriores y
posteriores.
La disciplina manual también era una forma de pensamiento.
Las horas del día
Durante los últimos siglos de la Edad Media se hicieron
populares los libros de horas, destinados a la oración privada. Incluían
plegarias, calendarios, salmos y textos para distintos momentos del día.
El ejemplo más famoso es Las muy ricas horas del duque de
Berry, comenzado hacia 1411 por los hermanos Limbourg.
Sus páginas del calendario muestran banquetes, trabajos
agrícolas, castillos, paisajes y cambios estacionales. Los campesinos siembran,
cosechan y buscan refugio del frío. Los nobles comen, cabalgan y participan en
ceremonias.
Página del calendario en Las muy ricas horas del
Duque de Berry, de los hermanos Limbourg, 1412-1416. Museo Condé, Chantilly, Francia
(Imagen de Wikipedia) |
Las imágenes siguen ligadas al calendario religioso, pero el
mundo visible adquiere una presencia creciente. Los edificios son reconocibles.
La nieve cubre el suelo. El clima cambia. Las distancias y los detalles de la
vida cotidiana reciben una atención que anuncia transformaciones posteriores de
la pintura europea.
Pintar los márgenes
Los márgenes ofrecen uno de los aspectos más sorprendentes
de los manuscritos medievales.
Junto a imágenes religiosas aparecen animales imaginarios,
seres híbridos, músicos, caballeros y escenas cómicas. Algunas se relacionan
con el texto. Otras parecen apartarse de él.
En los márgenes, el orden se vuelve menos estricto.
Es como si la página tuviera dos mundos. En el centro se
encuentra el texto autorizado. Alrededor aparece una población inquieta que lo
acompaña, lo interrumpe o se burla discretamente de él.
No siempre sabemos qué significaban estas figuras para sus
primeros lectores. Una imagen puede sobrevivir cuando su explicación ya ha
desaparecido.
Pintar en centímetros
El manuscrito iluminado modificó el trabajo del pintor.
La página ofrecía un espacio reducido para diseñar
iniciales, bordes, escenas y relaciones entre texto e imagen. La restricción
del tamaño no eliminó la creatividad. La concentró.
Pintar dentro de un libro exigía pensar en centímetros.
Una mano, un rostro o un edificio podían ocupar un espacio
diminuto. El artista debía considerar la curvatura de la página, la cercanía
del pliegue y la forma en que la imagen aparecería al abrir el volumen.
No diseñaba una superficie aislada. Diseñaba una experiencia
de lectura.
El Museo Getty ha señalado que, entre los años 1000 y 1500,
una parte central de la pintura europea se desarrolló dentro de los
manuscritos. Muchas innovaciones relacionadas con el color, la narración, el
paisaje y la representación de la vida cotidiana aparecieron en sus páginas
antes de extenderse a otras superficies.
La página como mundo
La historia de la pintura no puede contarse solamente como
una sucesión de cuadros colgados en paredes.
Durante siglos, la pintura estuvo unida a la arquitectura,
la cerámica, los objetos rituales y los libros. Cada superficie planteó
posibilidades distintas.
La página obligó al pintor a trabajar cerca de la escritura,
adaptarse al ritmo de la lectura y pensar en la escala de las manos. A cambio,
obtuvo algo que el muro no podía ofrecer: movilidad.
El libro podía viajar. Podía cruzar mares, pasar de un
monasterio a una corte y sobrevivir a la desaparición de un reino. También
podía permanecer cerrado durante años, guardando su pintura en la oscuridad.
Bizancio había convertido la pared en un umbral hacia lo
sagrado.
En los manuscritos iluminados, la pintura encontró una
puerta más pequeña. Era suficiente abrir un libro.