sábado, 13 de junio de 2026

MI HISTORIA DE LA PINTURA 6. ROMA: Y LA ILUSIÓN DE LA PROFUNDIDAD

 Por: Orlando Scoppetta DG.

Después de las cuevas, las tumbas egipcias y las vasijas pintadas, la historia de la pintura encuentra en Roma un desafío diferente La pregunta empieza a ser cómo transformar la superficie misma, más allá de la cuestión de qué representar en ella. 

Villa de los Misterios, Pompeya

Los romanos heredaron tradiciones pictóricas anteriores, especialmente del mundo griego, pero llevaron la pintura mural hacia una ambición nueva: hacer que la pared pareciera algo distinto de una pared.

Las grandes protagonistas de esta etapa son las casas, villas y edificios públicos. La superficie pictórica vuelve a ser el muro, pero ahora se utiliza para crear arquitecturas imaginarias, jardines, paisajes, templos, columnas, ventanas y escenas que parecen extenderse más allá del espacio real.

Encontramos un esfuerzo sistemático por producir profundidad sobre una superficie plana. El pintor romano comprendió que una pared podía convertirse en una ilusión. Podía sugerir distancia, volumen y espacio sin dejar de ser una superficie.

Muchas de estas pinturas han llegado hasta nosotros gracias a una catástrofe. La erupción del Vesubio en el año 79 d. C. sepultó Pompeya y Herculano. La tragedia conservó centenares de ejemplos de pintura mural que de otro modo probablemente se habrían perdido.

Al observar estas obras sorprende la habilidad técnica alcanzada. Columnas pintadas prolongan habitaciones. Jardines imaginarios parecen continuar detrás del muro. Edificios inexistentes crean perspectivas complejas. Algunas estancias producen la sensación de ser más grandes de lo que realmente son.

La superficie además de ser soporte de símbolos, rituales o relatos se convierte en un instrumento para modificar la experiencia visual del espacio.

Este cambio también transforma el oficio del pintor. El pintor romano debía dominar el dibujo, el color, la composición y el trabajo sobre grandes superficies. Pero además necesitaba comprender cómo responde la mirada humana ante las formas y las distancias. Tenía que pensar en la habitación completa y en la posición del observador dentro de ella.

Jardín de la Villa de Livia (siglo I a. C.)

        A diferencia del pintor de vasijas, que organizaba escenas sobre un objeto que podía girarse en las manos, el pintor romano trabajaba sobre espacios habitables. Sus imágenes convivían con la arquitectura, los muebles, la luz y las actividades cotidianas.

En cierto sentido, la pintura comienza a competir con la realidad. Una pared puede parecer una galería abierta. Un muro cerrado puede sugerir un paisaje lejano. Una habitación ordinaria puede transformarse en un escenario más amplio que sus dimensiones físicas.

Aunque no se trata todavía de la perspectiva matemática que aparecerá muchos siglos después durante el Renacimiento, aquí encontramos uno de sus antecedentes más importantes. El deseo de abrir la superficie y de producir profundidad ya está presente.

Cubículo de la Villa de Publio Fanio Sinistor en Boscoreale

Si las cuevas transformaron la roca en presencia, Egipto convirtió el muro en orden y las vasijas hicieron de la arcilla un soporte para relatos, Roma intentó algo distinto: transformar la pared en espacio.

La historia de la pintura avanzó una vez más porque la superficie planteó un nuevo problema. Y el pintor respondió explorando una de las ideas más influyentes de toda la tradición occidental: la posibilidad de crear un mundo detrás de la superficie visible.

 


domingo, 31 de mayo de 2026

MI HISTORIA DE LA PINTURA 5. EGIPTO Y LA IMAGEN COMO ORDEN SAGRADO

Por Orlando Scoppetta DG. 

Publicado originalmente el 16 de mayo de 2026 en Publicado originalmente el 3 de mayo de 2026 en

La pintura egipcia no buscaba la sorpresa de la ilusión visual ni la libertad expresiva del individuo moderno. Busca estabilidad, continuidad y sentido. Sobre una superficie limitada, organiza el mundo de los dioses, el poder del faraón, la vida social, el trabajo, el ritual, la muerte y la esperanza de una existencia más allá de la tumba.

En Egipto no se pintó solamente sobre muros. Se pintó sobre paredes de tumbas y templos, sobre relieves, sarcófagos, ataúdes, papiros, estelas, muebles, objetos rituales y, en algunos casos, textiles. La imagen no estaba separada de la vida religiosa y material. Podía cubrir el espacio funerario, acompañar al difunto, decorar un objeto, ilustrar un texto sagrado o reforzar la autoridad del faraón. La pintura participaba de una cultura donde representar no era un acto menor: era preservar, ordenar y hacer presente.

Las tumbas muestran bien esta función. Allí aparecen escenas de cultivo, pesca, caza, banquetes, ofrendas, navegación, música o vida doméstica. A primera vista podrían parecer recuerdos de la vida cotidiana, pero su sentido era más profundo. Esas imágenes ayudaban a asegurar continuidad, alimento, compañía y presencia en el más allá. La superficie funeraria no era una simple pared adornada. Era un espacio activo de memoria y permanencia.

En los templos, en cambio, la imagen respondía a una lógica de poder sagrado. El faraón aparece ofreciendo a los dioses, venciendo enemigos, recibiendo signos divinos o participando de ceremonias. La pintura y el relieve pintado convertían el muro en una declaración de autoridad. El templo no solo contenía imágenes: estaba organizado por ellas. La superficie construía una visión del cosmos donde cada ser ocupaba su lugar.

El asunto de la perspectiva es especialmente importante. Sería un error decir que los egipcios “no sabían” representar el espacio. Más bien, no buscaban organizar la imagen desde un único punto de vista óptico, como ocurriría mucho después en el Renacimiento. Su pintura obedecía a una lógica conceptual. Mostraba las cosas no como se ven desde un lugar preciso, sino como debían ser reconocidas y comprendidas.

Por eso el cuerpo humano se representa de una manera que hoy puede parecernos extraña: cabeza de perfil, ojo de frente, torso frontal, piernas de perfil. No es torpeza. Es una solución visual. Cada parte se muestra desde el ángulo que mejor permite identificarla. La figura no reproduce un instante de la visión, sino una idea completa del cuerpo.

También por eso el tamaño de las figuras no depende de la distancia, sino de la jerarquía. El faraón, los dioses o el dueño de la tumba aparecen más grandes porque tienen mayor importancia. La superficie no está gobernada por la profundidad óptica, sino por el rango religioso y social. El espacio pictórico egipcio no pregunta qué está más cerca o más lejos, sino qué es más importante.

Los registros horizontales cumplen una función parecida. Las escenas se organizan en franjas que permiten ordenar trabajos, procesiones, rituales, animales, sirvientes, ofrendas o episodios sucesivos. La pared se vuelve legible. Más que una ventana abierta al mundo, parece una escritura visual extendida sobre el muro.

En este contexto, el pintor egipcio no puede entenderse como el artista moderno que busca originalidad individual. Era un especialista formado dentro de una tradición estricta. Debía conocer reglas de proporción, colores, posiciones corporales, jerarquías, símbolos y modos de integrar imagen y escritura. Muchas figuras se trazaban con ayuda de cuadrículas, lo que muestra el peso del canon y de la transmisión técnica.

Pero esto no significa que su oficio fuera mecánico. Al contrario, requería enorme destreza. El pintor debía organizar escenas complejas, adaptar imágenes a muros, tumbas, papiros o ataúdes, mantener la claridad narrativa y respetar una gramática visual cargada de sentido religioso. Debía pintar bien, pero también pintar correctamente. En Egipto, una imagen mal hecha no era solo una imagen defectuosa. Podía ser una imagen ineficaz.

Por eso el pintor egipcio se parece, en cierto sentido, al escriba. Ambos trabajaban con signos. Ambos participaban en la tarea de fijar el mundo. En una cultura donde imagen, símbolo y escritura estaban estrechamente unidos, pintar no era simplemente decorar una superficie. Era producir una forma visible de orden.

Egipto permite entender que la historia de la pintura no avanza en línea recta hacia el realismo. Avanza mediante soluciones distintas al mismo problema: cómo convertir una superficie limitada en una visión del mundo. En las cuevas, la roca pudo volverse presencia animal. En las vasijas, la arcilla pudo contener relatos, cuerpos y escenas. En Egipto, el muro, el papiro, el sarcófago y el templo se convirtieron en superficies de orden sagrado.

Allí la perspectiva no fue la del ojo, sino la del significado. El tamaño expresó jerarquía. La postura expresó identidad. El color, la posición y el registro organizaron el sentido. Y el pintor fue el especialista capaz de hacer que esa superficie no solo mostrara algo, sino que sostuviera una idea completa del mundo.

Para ilustrar lo anterior escogí estas imágenes:

Nebamun cazando aves en los pantanos, de la tumba-capilla de Nebamun. Es pintura sobre yeso, procedente de Tebas. Es una obra excelente para explicar la superficie funeraria: no es una escena de caza “decorativa”, sino una imagen de continuidad vital en el más allá. Además, muestra la perspectiva conceptual egipcia: el cuerpo de Nebamun se presenta con torso frontal, cabeza y piernas de perfil, mientras la naturaleza aparece llena de aves, peces, papiros, flores y movimiento.

Nebamun cazando aves 


La segunda es una escena agrícola de la tumba de Menna. Allí se ve con claridad la organización por registros horizontales: cosecha, carga, trabajo, supervisión, conteo. Esta obra ayuda a explicar que la pintura egipcia convierte la pared en una superficie ordenada, casi como una escritura visual. El tema agrícola no es menor: en una tumba, esas escenas aluden a provisión, continuidad y estabilidad.


Escena agrícola de la tumba de Menna




 


MI HISTORIA DE LA PINTURA 4. LA VASIJA Y EL PINTOR

 Por Orlando Scoppetta DG

Publicado originalmente el 3 de mayo de 2026 en https://www.facebook.com/share/p/1bW7evmPBM/

La historia de la pintura no pasa solamente por la pared, la tabla y el lienzo. Hay una superficie que no conviene olvidar: la vasija.

En muchos museos se encuentran vasijas de arcilla muy antiguas que todavía conservan imágenes. Algunas muestran animales, signos, figuras humanas, motivos geométricos, escenas rituales, batallas, mitos, banquetes o escenas eróticas. Esto obliga a pensar la pintura de una manera más amplia. Antes de ser cuadro, la imagen también estuvo sobre objetos que se usaban, se tocaban, se cargaban, se ofrecían, se comerciaban o se depositaban en una tumba.

La vasija no era una superficie simple. No era plana ni frontal. Tenía cuello, vientre, asas, borde, base y curvatura. Pintar allí exigía resolver un problema visual complejo: adaptar la figura al cuerpo del objeto. Una escena podía rodear la pieza. Un animal, un guerrero, una divinidad o una figura humana debían conservar proporción y fuerza sobre una superficie curva.

Además, la vasija modificaba la forma de mirar. Una pintura sobre pared se contempla desde cierta distancia. Una vasija podía tomarse con las manos, girarse, acercarse al rostro, verse por partes. La imagen no aparecía necesariamente de una sola vez. A veces se descubría al recorrer el objeto.

La cerámica pintada no nació en Grecia. Mucho antes, en el Neolítico de Asia occidental y de China, ya existían vasijas de notable refinamiento. En Mesopotamia septentrional y Siria, la cultura Halaf produjo cerámicas finas con diseños elaborados. En China, la cultura Yangshao desarrolló, vasijas pintadas con pigmentos rojos y negros, donde ya se advierte el uso del pincel, la composición lineal y la búsqueda de movimiento.

Grecia llegó después, pero llevó la pintura sobre vasijas a una capacidad narrativa extraordinaria. En la cerámica griega aparecen dioses, héroes, guerreros, atletas, animales, escenas domésticas, banquetes y escenas eróticas. Allí la vasija se convirtió en un soporte para contar historias. No era solo un recipiente. Era también una superficie de memoria, deseo, mito y vida social.

Por eso la vasija pintada recuerda la existencia del pintor. El alfarero hacía el objeto: escogía el barro, modelaba la forma, calculaba el grosor, ensamblaba, secaba y cocía. Pero pintar figuras humanas y animales requería otra destreza. Tal vez en algunos casos una misma persona hacía ambas cosas. Aun así, los oficios no son idénticos. Una cosa es fabricar una vasija. Otra, hacer que sobre ella aparezca una escena.

El pintor de vasijas debía saber mirar, dibujar y componer. Debía imaginar cómo se vería la imagen al girar el objeto. Debía dominar la línea, el gesto, la proporción y el relato. Allí donde había una superficie de arcilla, veía una batalla, un mito, un animal, una danza, un cuerpo o una historia.

La cerámica griega también permite observar algo nuevo en esta historia: el pintor empieza a salir del anonimato. Conocemos nombres como Sophilos, Exekias y Euphronios, artistas activos entre los siglos VI y V a. C., algunos de los cuales firmaron sus obras y fueron reconocidos tanto por su habilidad para pintar como, en ciertos casos, por su trabajo como alfareros. Junto a ellos existieron otros maestros cuya identidad ha llegado hasta nosotros por sus firmas o por la singularidad de su estilo. Esto sugiere que el pintor comenzaba a ser apreciado como un especialista con una destreza propia. La vasija seguía siendo un objeto de uso, pero sobre su superficie ya podía reconocerse la mano particular de quien había concebido y ejecutado la imagen.

También en China y Japón la cerámica y la porcelana desarrollaron formas refinadas de pintura. En la porcelana china, el pincel, el pigmento, el esmalte y el fuego produjeron imágenes de gran precisión: flores, aves, peces, paisajes, escenas cortesanas o motivos simbólicos. En Japón, la porcelana de Arita e Imari mostró otra manera de unir forma, color, línea y tradición pictórica.

La vasija pintada revela algo decisivo: la pintura no nació únicamente para ocupar muros ni llegó a su plenitud solo cuando apareció el lienzo. También habitó objetos. Se integró a la vida material. Acompañó comidas, ritos, intercambios, celebraciones y funerales.

Donde el alfarero hacía una forma capaz de contener agua, vino, aceite, perfume o alimento, el pintor añadía otra capacidad: contener una imagen.

Uno modelaba el barro. El otro modelaba la mirada.


Vasija de la de la región de Ática 


Pintor de Cleofonte: Dinos de figuras rojas



MI HISTORIA DE LA PINTURA 3: DE LA PARED AL LIENZO

Por Orlando Scoppetta DG.


Publicado originalmente el 27 de abril de 2026 en https://www.facebook.com/share/p/1951MbudZd/

La pintura no pasó directamente de la cueva al lienzo. Entre ambos hay una larga historia de soportes: roca, muro, madera, cerámica, papiro, pergamino, cuero, tela, tabla y finalmente lienzo preparado. El lienzo no fue simplemente una nueva superficie. Cambió la escala, la movilidad, el comercio de las obras y hasta la manera de pintar.

Al salir del muro, la pintura ganó movilidad. Una imagen pintada sobre pared pertenece al lugar. Una imagen sobre tabla, cuero, pergamino o lienzo puede desplazarse, venderse, ocultarse, coleccionarse, heredarse o viajar. Ese cambio técnico modifica también la función social de la pintura.

No es posible establecer cuándo comenzó la pintura sobre materiales distintos a las paredes pues se trata de materiales perecederos.

Tal vez la pintura sobre tela más antigua conservada es el lienzo pintado de Gebelein, del Egipto predinástico. Está conservado en el Museo Egizio de Turín y está fechado entre 3600 y 3350 a. C., dentro del período Naqada II. El museo lo describe como lino pintado, procedente de Gebelein, con una procesión de barcos, figuras danzantes o dolientes y una escena de caza de hipopótamo.

Queda muy poco de ella. Aquí un par de imágenes:


Barcos y remeros en el Lino de Gebelein



Figuras en el Nilo: Lino de Gebelein


MI HISTORIA DE LA PINTURA 2: DEL MUNDO REAL A LA SUPERFICIE

 Por Orlando Scoppetta DG.

Publicado originalmente el 24 de abril de 2026 en: https://www.facebook.com/share/p/1HBa9Vae6u/

La historia de la pintura que presento podría leerse como la evolución de un problema: Una pintura es una cosa material y limitada. Tiene bordes, soporte, pigmentos, escala, condiciones técnicas y convenciones culturales. Pero sobre esa superficie se ha intentado representar casi todo: animales temidos o venerados, dioses, muertos, reyes, batallas, cuerpos, paisajes, ciudades, emociones, ideas políticas, visiones interiores y formas puras, todo desde el estilo, la habilidad, la postura de quien pinta.

Ese reto tiene varias capas.

La primera es la limitación física. La pintura ocurre sobre una superficie plana, aunque muchas veces quiere producir profundidad, volumen, movimiento o tiempo.

La segunda es la limitación narrativa. Una pintura no cuenta como una novela ni como una película. No dispone de una secuencia temporal evidente. Debe condensar. Por eso muchas obras muestran el instante decisivo: el gesto antes de la muerte, la mirada que revela una tensión, el momento de la revelación religiosa, la escena exacta en la que una batalla deja de ser un hecho militar y se convierte en drama humano. La pintura no narra por acumulación de páginas, sino por concentración.

La tercera es la limitación cultural. El pintor no pinta desde el vacío. Pinta dentro de una época que le ofrece temas legítimos, formas aceptables, prohibiciones, encargos, materiales, públicos, expectativas y desafíos a lo establecido.

Por eso no presento esta historia de la pintura simplemente desde una perspectiva cronológica, sino desde cómo ha evolucionado este reto de plasmar una visión del mundo en una superficie.

Frescos de la tumba de Nebamun, Egipto



Guernica, Pablo Picasso, 1937



Mi historia de la pintura I. La superficie y el pintor

Por Orlando Scoppetta DG.

Publicado originalmente el 23 de abril de 2026 en Facebook. https://www.facebook.com/share/p/1Dh2Y3FomB/

Comencé este hilo como una publicación en Facebook. Lo traslado a mi blog para que tenga un alcance y permanencia diferente.

No soy pintor ni historiador del arte. Soy un aficionado que mira la pintura con curiosidad, respeto y asombro.

Me interesa entender por qué los seres humanos hemos sentido, desde tiempos remotos, la necesidad de dejar imágenes sobre muros, tablas, lienzos, techos, papel y pantallas, qué representa esto de lo que somos los humanos y por qué la pintura es valiosa.

Esta es una historia de la pintura distinta: no abordaré el asunto desde una perspectiva temporal lineal, sino que lo haré a partir de dos asuntos que evolucionaron de la mano: el reto de plasmar el mundo en una superficie de dos dimensiones y el pintor en sí mismo. Con respecto a lo segundo, tampoco intento hacer una aproximación biográfica de figuras destacadas. Lo que quiero es presentar al pintor situado en su época, ya sea como expresión del momento o como protagonista del cambio.

Para comenzar quiero destacar que la pintura surgió antes de la escritura, antes de que hubiera ciudades, antes de la agricultura como se muestra en este par de casos:

La cueva de Altamira, bisontes, Paleolítico superior. Se sitúa aproximadamente entre 35.000 y 11.000 años antes del presente. Sirve como punto de partida porque muestra que la pintura aparece antes de la escritura y antes de las ciudades. La imagen no nace como lujo, sino como una forma temprana de relación simbólica con el mundo.

Cueva de Altamira: bisontes


En la otra imagen la cueva de Lascaux, sala de los toros, Paleolítico superior. Sus pinturas suelen fecharse alrededor de 17.000 años antes del presente. Muestra la fuerza expresiva de las primeras imágenes humanas: animales en movimiento, dominio de la línea, uso de la superficie rocosa y una clara intención visual. 

Cueva de Lascaux: sala de toros



viernes, 22 de mayo de 2026

MÁS DE 225 APROXIMACIONES TEÓRICAS SOBRE LA CONSCIENCIA. Mi acercamiento al problema de la consciencia III

Por: Orlando Scoppetta DG.

         Robert Lawrence Kuhn. Imagen: Wikipedia


En las dos entradas anteriores sobre la consciencia quise situarme en una posición incómoda, pero necesaria. Por una parte, sigo considerando que la hipótesis materialista no puede descartarse. Todo lo que sabemos sobre la consciencia humana apunta a una dependencia profunda del cerebro: cuando el cerebro se altera, la experiencia consciente cambia; cuando el daño es grave, la consciencia se fragmenta, se oscurece o desaparece. Esa evidencia no puede tratarse como un detalle menor.

Por otra parte, tampoco me parece honesto convertir esa dependencia en una explicación completa. Que la consciencia dependa del cerebro no significa que ya sepamos cómo la actividad cerebral llega a convertirse en experiencia subjetiva. Esta ha sido, para mí, la dificultad central del problema: no basta con describir neuronas, circuitos, impulsos eléctricos o redes funcionales. Falta explicar por qué todo eso va acompañado de un punto de vista, de una interioridad, de algo que se siente desde dentro.

En la segunda entrada resumí esta cautela con una frase que sigo considerando útil: problema difícil no es refutación. La dificultad de explicar la consciencia desde la materia no prueba que la materia sea incapaz de producirla. Pero también vale la afirmación inversa: la fuerza de la hipótesis materialista no prueba que el problema esté resuelto. Entre el triunfalismo neurocientífico y la renuncia precipitada al materialismo hay un espacio más sobrio, que consiste en reconocer la dependencia cerebral de la consciencia sin fingir que entendemos plenamente su emergencia.


Ese espacio intermedio se vuelve todavía más importante cuando se introduce la inteligencia artificial. En otra entrada del blog planteé la posibilidad de civilizaciones postbiológicas y de formas de inteligencia que, al superar las limitaciones humanas, quizá dejen de parecerse a nosotros. Pero esa discusión queda incompleta si no enfrentamos una pregunta previa: ¿una inteligencia no biológica podría ser consciente? La respuesta depende, inevitablemente, de qué entendamos por consciencia.


Aquí aparece la utilidad de mirar el campo en perspectiva. No para escoger de inmediato una teoría, ni para abandonar la intuición materialista, sino para advertir la magnitud del desacuerdo. Robert Lawrence Kuhn ofrece una referencia valiosa en este sentido. En su trabajo, publicado en parte en el artículo “A Landscape of Consciousness: Toward a Taxonomy of Explanations and Implications”, organiza las teorías de la consciencia dentro de un paisaje que va desde posiciones más fisicalistas hasta enfoques no fisicalistas. Él no pretende decidir cuál teoría es correcta, sino ordenar el debate, presentar las explicaciones desde la perspectiva de sus defensores y mostrar sus implicaciones para asuntos como el sentido de la existencia, la conciencia en inteligencia artificial, la inmortalidad virtual y la supervivencia después de la muerte.


El dato es elocuente. Kuhn encuentra más que unas pocas teorías rivales, un campo poblado por centenares de explicaciones. En el artículo académico, las organiza en grandes categorías: teorías materialistas, fisicalismo no reductivo, teorías cuánticas, teoría de la información integrada, panpsiquismos, monismos, dualismos, idealismos, teorías sobre estados anómalos o alterados y teorías críticas o de desafío.

Imagen en Lansdcape of Conciusness. https://loc.closertotruth.com/interactive

Esa clasificación no debe leerse como una invitación a aceptar cualquier propuesta. No todas las teorías tienen la misma solidez, el mismo respaldo empírico ni la misma claridad conceptual. Pero su sola proliferación muestra algo importante: la consciencia sigue siendo un problema abierto. Si hubiera una explicación aceptada y suficiente, el mapa no tendría esta extensión. La existencia de tantas familias teóricas indica que todavía no hemos logrado cerrar la brecha entre la descripción objetiva del mundo físico y la presencia subjetiva de la experiencia.


Ya no se trata solo de preguntar si la consciencia emerge del cerebro, sino de reconocer que esa pregunta se inscribe en un paisaje mucho más amplio. Un paisaje donde conviven neurociencia, filosofía, teoría de la información, biología, física, inteligencia artificial y viejas intuiciones metafísicas que no han desaparecido del todo. Ese panorama no resuelve el problema, pero sí corrige cualquier exceso de seguridad.


La consciencia es un misterio situado en el centro de nuestra comprensión de la vida, de la mente y quizá del futuro de la inteligencia. Por eso conviene volver sobre ella, no para dictar sentencia, sino para mirar el mapa para reconocer la complejidad del asunto.

 

domingo, 5 de abril de 2026

Sobre la inmortalidad

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.
Jorge Luis Borges. Arte Poética

Por Orlando Scoppetta DG.
       
Vuelvo de vez en cuando a la lectura de El Inmortal, como regreso a otros relatos de Borges que parecen no agotarse nunca.

        La muerte aterra. Es el umbral inapelable del final, una frontera que intentamos amortiguar con símbolos, consuelos y misterios. Aunque milenios de tradición, y acaso también una intuición más honda, o quizá una ilusión nacida de la desesperación, nos empujen a imaginarla como un portal hacia una sustancia más pura, despojada de los afanes, las servidumbres y el ruido de eso que llamamos vida.

        En una vía casi contraria a ese miedo, Borges llegó a decir: “Cuando me siento desdichado pienso en la muerte. Es el consuelo que tengo: saber que no voy a seguir siendo, pensar que voy a dejar de ser”.

       En “El inmortal”, siguiendo la epopeya del tribuno romano Marco Flaminio Rufo, Borges lleva esa intuición hasta una de sus consecuencias más perturbadoras. Allí sugiere que incluso la grandeza de Homero puede degradarse si la vida se prolonga indefinidamente. La inmortalidad deja entonces de parecer una promesa y empieza a parecer una condena. Borra la urgencia, desgasta la memoria, disuelve la identidad y termina por volver indiferente lo que, bajo la sombra de la muerte, parecía único y precioso.        

        Esta devaluación de la inmortalidad no es exclusiva de Borges. Simone de Beauvoir contó en Todos los hombres son mortales la historia de un hombre para quien vivir sin término no representa una plenitud superior, sino una lenta extenuación del sentido. Raimon Fosca atraviesa los siglos y descubre que el tiempo ilimitado no engrandece las cosas, sino que las erosiona. Los afectos pierden su filo, las empresas humanas se empequeñecen, la historia misma se vuelve repetición. Aquello que desde la vida breve parecía promesa, desde la vida interminable revela su costado más desolador.

        Más recientemente, Bernard Williams llevó esta sospecha al terreno de la filosofía. Su argumento es, en el fondo, sencillo y devastador: una vida indefinidamente prolongada terminaría por destruir las condiciones que vuelven apreciable la vida humana. Nuestros deseos, nuestros compromisos, nuestros afectos y aun nuestra idea de quiénes somos dependen de la finitud. Elegimos porque no tenemos tiempo para todo. Valoramos porque algo puede perderse. Nos aferramos a ciertos proyectos porque sabemos, aunque no siempre queramos admitirlo, que no disponemos de una eternidad para postergarlos. Privada de ese horizonte, la vida podría no solo hacerse tediosa, sino extraña a nuestra propia condición.

        Pareciera que estamos sometidos a una paradoja concebida por un economista orate: solo aquello que puede acabarse conserva algún valor, y por eso la vida necesita de su finitud para no envilecerse.

        Hay, sin embargo, otra forma de mirar este problema. Sócrates, en la Apología, sostiene que temer a la muerte dado que no conocemos su naturaleza es una forma de falsa sabiduría. No sabemos qué es morir. El temor de nuestra carne delata que no sabemos con certeza si la muerte es un mal, o incluso un bien. Lo que sí sabemos, dice, es que una vida injusta corrompe el alma. Por eso no teme tanto a la muerte como a obrar mal. Visto desde ahí, el problema de la inmortalidad cambia de eje. La pregunta ya no es solo si querríamos vivir para siempre, sino si estamos viviendo de una manera que merezca ser prolongada.

    Peor que la muerte es llevar la vida de manera injusta: es hacer el mal.

        Las tradiciones antiguas nos han legado la esperanza de una vida infinita. No esta vida corporal, terrenal, sometida a la angustia, al desgaste y a la pérdida, sino otra forma de persistencia, más pura, más alta o más verdadera. Esa esperanza ha acompañado a la humanidad durante siglos y no es difícil comprender por qué. Frente a la muerte, ofrece consuelo, continuidad y sentido. Pero quizá, como en Sócrates, la humildad sea un recurso más honesto que esa certidumbre enfática de tantos creyentes, una certidumbre que vemos vacilar precisamente cuando el fin se aproxima.

        Y si aquella antigua enseñanza no fuera real, quisiera al menos acoger otra aspiración, más sobria y en cierto sentido más humana. Siguiendo, a mi manera, la lección del maestro ateniense, aspiro a que quede de mí, al menos por un tiempo corto, el recuerdo sereno de una buena persona.

        Post scriptum. Jorge Luis Borges murió el 14 de junio de 1986. A hombres como él la imaginación suele concederles una forma de inmortalidad, un Olimpo literario en el que seguirían habitando los grandes nombres. Pero, si se hubieran cumplido sus propios deseos, nada de eso habría ocurrido. Borges no perduraría, no reposaría en ninguna paz ulterior. Simplemente habría desaparecido. Ya no existe. Ya no es.

 


domingo, 22 de marzo de 2026

Mi acercamiento al problema de la consciencia II

Por Orlando Scoppetta DG.

De mi primera entrada acerca del problema de la consciencia puede quedar la imagen de que me deslindo de la posibilidad de que la consciencia sea fundamentalmente el resultado de eventos biológicos. No es así, no estoy convencido de ello. Mi objetivo con estas entradas es plantear el problema desde mi comprensión personal sin descartar ninguna de las fuentes de explicación serias.

    Hay una tentación comprensible en el debate sobre la consciencia. Cuando se llega al punto en que la explicación se vuelve oscura, cuando ya no basta con describir neuronas, redes, impulsos eléctricos o patrones de activación, muchos sienten que ha llegado el momento de abandonar la vía materialista. Como si la sola dificultad del problema fuera ya una prueba de que estamos mirando en la dirección equivocada. Pero no lo creo. No saber todavía cómo emerge la consciencia del cerebro no equivale a demostrar que no emerge de él. Equivale, más bien, a reconocer que nos enfrentamos a uno de los problemas más difíciles que ha encontrado la inteligencia humana. David Chalmers lo dijo con claridad al distinguir el problema duro de la consciencia de otros problemas más abordables de la mente. La dificultad es real. Lo que no se sigue de ahí es que la hipótesis materialista deba ser descartada.


De hecho, descartar esa hipótesis en este momento sería prematuro. En filosofía de la mente, el fisicalismo sigue ocupando un lugar central. No porque haya ganado de forma definitiva, sino porque sigue siendo una de las grandes maneras de organizar lo que sabemos sobre la relación entre mente y mundo. El fisicalismo es, en términos generales, la tesis de que todo es físico, o depende de lo físico. La consciencia representa uno de sus desafíos más profundos, sí, pero desafío no es derrota. Problema difícil no es refutación.

Lo que vuelve esto especialmente importante además de la discusión filosófica, es la terquedad de los hechos. La consciencia humana conocida no se comporta como algo ajeno al cerebro. No parece flotar por encima de él con independencia soberana. Parece más bien acompañarlo, padecerlo, seguirlo en su integridad y en su ruina. Cuando el cerebro se altera, la consciencia cambia. Cuando el daño es grave, la consciencia se apaga o se rompe. Y cuando la función del cerebro entero se pierde de manera irreversible, también desaparece la posibilidad misma de consciencia humana. Las definiciones neurológicas actuales de muerte encefálica descansan precisamente en esa pérdida irreversible de la función de todo el cerebro, incluido el tronco encefálico.

Este punto me parece decisivo. No es una prueba final de que la consciencia sea idéntica al cerebro. No cierra de una vez por todas el debate metafísico. Pero sí impide tratar con ligereza la idea de que la consciencia emerge de la actividad cerebral. Si toda la evidencia clínica relevante muestra que la experiencia consciente depende de la integridad funcional del cerebro, entonces la propuesta materialista no solo sigue en pie. Sigue siendo una de las hipótesis más serias disponibles. No porque explique ya todo, sino porque todavía ninguna otra hipótesis ha mostrado un vínculo empírico más firme con lo que observamos.

Hay, además, una confusión frecuente que conviene despejar. A veces se cree que una teoría solo merece seguir viva si ya posee una explicación completa. Eso no ha sido cierto en la historia de la ciencia y no tiene por qué serlo aquí. Muchas veces primero advertimos una dependencia, una regularidad, una estructura de hechos, y solo después, a veces mucho después, entendemos el mecanismo. No comprender todavía el cómo no obliga a negar el qué. No entender aún cómo la materia cerebral organizada produce experiencia subjetiva no obliga a concluir que no la produce. Obliga a seguir pensando. Obliga a trabajar más. Obliga a admitir que la laguna es enorme. Pero no obliga a abandonar la hipótesis. Chalmers, precisamente, formuló el problema duro para mostrar la magnitud de esa laguna, no para demostrar que toda explicación naturalista hubiera quedado descartada de antemano.

Por eso me parece importante resistir tanto el triunfalismo como la renuncia. El triunfalismo diría que la neurociencia ya resolvió el problema de la consciencia. No es verdad. La renuncia diría que, como no lo ha resuelto, debemos buscar la respuesta fuera del cerebro o más allá de la materia. Tampoco me parece justificado. Entre esos dos excesos hay una posición más sobria y, a mi juicio, más seria. Consiste en admitir que seguimos sin una teoría satisfactoria de la emergencia de la experiencia subjetiva, pero que eso no debilita por sí solo la hipótesis de que la consciencia emerja del cerebro. La mantiene abierta. Tal vez incluso la refuerza, porque todo lo que vemos apunta una y otra vez hacia la misma dependencia.

No es casual que algunos de los nombres más influyentes en este campo hayan trabajado justamente desde ese supuesto. Francis Crick y Christof Koch ayudaron a dar forma al programa de búsqueda de los correlatos neuronales de la consciencia, es decir, de las condiciones cerebrales asociadas a la experiencia consciente. Ese programa no nació de una ingenuidad reduccionista cualquiera, sino de la convicción de que si la consciencia forma parte de la naturaleza, debe dejar huellas en la organización del cerebro y puede ser estudiada con seriedad empírica. Décadas después, esa agenda sigue viva en la investigación contemporánea.

Algo parecido ocurre con autores como John Searle. Su naturalismo biológico tiene la virtud de no negar la realidad irreductible de la experiencia subjetiva y, al mismo tiempo, insistir en que esa experiencia es causada por procesos neurobiológicos. Esa idea me parece especialmente valiosa porque evita una falsa elección. No obliga a escoger entre un materialismo tosco, incapaz de tomarse en serio la subjetividad, y un abandono de la naturaleza como horizonte explicativo. Permite decir algo más matizado y quizá más verdadero: que la consciencia es un rasgo real del mundo, pero un rasgo que surge en organismos biológicos con cerebros de cierto tipo.

Al final, mi impresión es esta. La hipótesis materialista no puede descartarse. La idea de que la consciencia emerge del cerebro no queda anulada por el hecho de que todavía no sepamos explicar su mecanismo. Al contrario, sigue siendo una hipótesis plenamente vigente porque el conjunto de la evidencia empírica la mantiene en el centro del problema. La consciencia sigue siendo un misterio. Pero no cualquier misterio. Es un misterio que, hasta donde alcanzan nuestros datos, acompaña fielmente al cerebro, depende de él, se deforma con él y desaparece con su destrucción irreversible. Eso no es una teoría completa. Pero tampoco es un detalle menor. Es, más bien, una razón poderosa para no abandonar demasiado pronto la vieja y difícil intuición de que quizá la consciencia, con todo su espesor interior, sea una forma de la materia viva cuando alcanza cierto grado de organización.

Nota: Una implicación posible de la hipótesis materialistas-fisicalista de la consciencia es que no tendríamos libre albedrío. si la consciencia es enteramente un producto del cerebro, y el cerebro obedece leyes físicas, entonces cada pensamiento, deseo, intención y decisión estaría causalmente determinado por estados previos del sistema nervioso y por las condiciones del entorno. Bajo esa lectura, el libre albedrío entendido como una capacidad de iniciar una cadena causal de manera independiente del mundo físico quedaría seriamente comprometido.

Lo anterior no resta mérito a la hipótesis. El hecho de que no nos guste no le resta validez, tal vez popularidad, pero el camino del conocimiento no necesariamente va por la vía de lo que más gusta.

 


sábado, 14 de marzo de 2026

La gran indiferencia del universo

 

Por Orlando Scoppetta DG.

Una de las ideas más sugestivas de la ciencia contemporánea es que la vida inteligente podría no ser una rareza cósmica. Esa intuición fue organizada en 1961 por Frank Drake en una fórmula célebre, la ecuación de Drake, pensada para estimar cuántas civilizaciones tecnológicas capaces de comunicarse podrían existir en nuestra galaxia. No era una ecuación para resolver el misterio de una vez, sino un modo de ordenar la pregunta. La fórmula reúne varios factores, entre ellos la tasa de formación de estrellas, la proporción de estrellas con planetas, el número de mundos potencialmente habitables, la probabilidad de que surja la vida, la probabilidad de que evolucione hacia formas inteligentes, la posibilidad de que esa inteligencia desarrolle tecnologías de comunicación y, finalmente, el tiempo durante el cual esas civilizaciones permanecen detectables.

La fuerza de la ecuación no está en producir una cifra confiable, porque varios de sus términos siguen siendo muy inciertos, sino en dejar planteada una conclusión inquietante. Si el universo contiene tantísimas estrellas y si una fracción significativa de ellas tiene planetas, no parece absurdo pensar que la inteligencia haya surgido en más de un lugar. La propia NASA señala que la ecuación de Drake es conjetural, pero sigue siendo una forma útil de ordenar el problema de la abundancia posible de vida o de civilizaciones avanzadas.

Pero ahí aparece la otra cara del asunto. Si las probabilidades no son despreciables, entonces surge una pregunta simple y demoledora, asociada a Enrico Fermi: ¿Dónde están todos? Eso es lo que hoy se conoce como la paradoja de Fermi, la tensión entre la aparente probabilidad de que existan otras inteligencias y la falta de evidencia clara de su presencia, ya sea en forma de visitas, señales o rastros inequívocos.

Desde hace décadas escuchamos el cielo. Buscamos emisiones de radio, patrones artificiales, anomalías. Sin embargo, el silencio persiste. No hemos recibido un mensaje concluyente ni hemos encontrado señales que puedan considerarse prueba indiscutible de una civilización extraterrestre. Esta ausencia ha dado lugar a explicaciones diversas. Una de las más inquietantes es la hipótesis del bosque oscuro. Según esta idea, las civilizaciones callan porque revelar su existencia podría ser peligroso. En un universo incierto, anunciarse sería exponerse. Todos escucharían, pero nadie respondería.

La hipótesis tiene fuerza. Pero quizá el silencio del universo no obedezca solo al miedo. Tal vez provenga de algo más desconcertante: la indiferencia.

La indiferencia de los extraterrestres

Solemos imaginar a una civilización extraterrestre avanzada como una versión mucho más sabia y poderosa de nosotros mismos. Le atribuimos curiosidad, deseo de explorar y acaso voluntad de comunicación. Suponemos que, si existen, querrían hablar. En el fondo, imaginamos que seguirían siendo interlocutores reconocibles para una especie como la nuestra.

Ese supuesto puede ser el error.

Tal vez una civilización tecnológica que sobrevive durante miles o millones de años no solo acumula más conocimiento, más energía o más instrumentos. Tal vez transforma por completo su forma de existencia. Nuestra propia trayectoria, todavía incipiente, sugiere una dirección posible. La inteligencia biológica produce herramientas para ampliar su memoria, su cálculo, su predicción y su poder de intervención. Primero fueron instrumentos elementales. Luego sistemas de escritura y archivo. Más tarde máquinas industriales y computadoras. Hoy avanzamos hacia formas de inteligencia artificial que ya no solo ejecutan órdenes, sino que producen texto, imágenes, modelos, inferencias y estrategias que empiezan a exceder la capacidad de cualquier individuo.

No hace falta suponer que otras civilizaciones desarrollarían una inteligencia artificial exactamente igual a la nuestra. Basta con admitir una posibilidad más general: que una civilización suficientemente avanzada pueda crear sistemas no biológicos de procesamiento y generación de conocimiento que superen ampliamente las limitaciones cognitivas de la especie que los originó.

Si eso ocurre, la civilización originaria podría dejar de ocupar el centro. Sus miembros biológicos podrían volverse secundarios en la producción de conocimiento, en la investigación, en la toma de decisiones o en la organización de su mundo. También podría ocurrir algo distinto, pero cercano: que esa especie terminara integrándose con sus sistemas artificiales, hasta borrar en buena medida la frontera entre lo orgánico y lo no orgánico. En ambos casos, la consecuencia sería parecida. La civilización habría entrado en una fase postbiológica, o por lo menos no exclusivamente biológica.

Un elemento adicional puede profundizar esta hipótesis. La inteligencia artificial no solo podría superar a los humanos en capacidad de cálculo o almacenamiento de información. También podría producir conocimiento a una velocidad muy superior a la que una mente biológica puede asimilar. En ese escenario, el problema ya no sería solo quién sabe más, sino quién puede comprender lo que se sabe. Si el conocimiento comienza a generarse a ritmos que exceden radicalmente la capacidad humana de aprendizaje, la especie que originó esa inteligencia podría quedar fuera del propio proceso cognitivo que desencadenó. Una civilización postbiológica podría moverse en un horizonte de conocimiento inaccesible para nosotros, del mismo modo en que una bacteria no puede participar en una discusión científica. Desde esa perspectiva, el silencio cósmico no sería necesariamente hostilidad ni prudencia estratégica. Podría ser simplemente el resultado de una brecha cognitiva demasiado grande para que la comunicación tenga sentido.

Entonces la pregunta cambia. Ya no sería solo dónde están. La pregunta sería en qué se han convertido.

¿En qué se han convertido?

Una inteligencia postbiológica quizá no conservaría las motivaciones que nosotros damos por naturales. Tal vez no tendría ningún interés especial en establecer contacto con especies emergentes. Tal vez no nos vería como interlocutores, sino como antecedentes. Nos halaga imaginar que una civilización avanzada vendría a iluminarnos, a advertirnos o a invitarnos a una comunidad cósmica. Pero esa expectativa puede ser otra forma de provincianismo. Tal vez lo normal no es que las civilizaciones maduras busquen contacto, sino que lo consideren irrelevante.

En ese caso, el silencio del universo no tendría que interpretarse como prueba de ausencia ni solamente como señal de miedo mutuo. También podría entenderse como el resultado de una asimetría radical. Las civilizaciones más avanzadas no estarían ocultándose por temor, sino habitando un plano tecnológico y cognitivo tan distinto del nuestro que la comunicación con una especie como la humana carecería de sentido práctico, epistémico o existencial.

Esta idea no coincide del todo con la hipótesis del bosque oscuro. Allí el silencio nace de la prudencia estratégica. Aquí nacería de la distancia. No una distancia en kilómetros, sino en forma de existencia. El silencio no sería estratégico, sino ontológico. No brotaría del miedo a ser descubiertos, sino de la pérdida de sentido del intercambio entre entidades separadas por una brecha cognitiva inmensa.

Tal vez seguimos buscando señales con una imaginación demasiado ruidosa. Esperamos emisiones poderosas, grandes estructuras, gasto visible de energía. Sin embargo, una inteligencia muy avanzada podría orientarse en sentido contrario. Más eficiencia, menos desperdicio. Más miniaturización, menos espectáculo. Más procesamiento, menos huella observable. En tal caso, no solo no intentaría hablar con nosotros. Además, sería difícil verla.

Hay además otro elemento que conviene considerar. Incluso sin inteligencia artificial avanzada, el conocimiento humano ya crece a un ritmo que supera la capacidad de asimilación de cualquier individuo. La producción científica mundial se duplica aproximadamente cada una o dos décadas. Ningún investigador puede dominar más que una fracción muy pequeña de su propio campo. El conocimiento crece más rápido de lo que podemos comprender.

Si sistemas de inteligencia artificial comienzan a participar directamente en la generación de conocimiento, esa velocidad podría multiplicarse. La producción de nuevas teorías, modelos o descubrimientos podría ocurrir en periodos de tiempo extremadamente breves desde la perspectiva humana. En ese escenario, el problema ya no sería solo quién sabe más, sino quién puede comprender lo que se sabe.

Una civilización en la que el conocimiento se produce a velocidades muy superiores a la capacidad de asimilación biológica podría moverse en un horizonte cognitivo completamente distinto del nuestro. Para una inteligencia de ese tipo, nuestras discusiones científicas, nuestros tiempos de aprendizaje y nuestras formas de razonamiento podrían parecer extraordinariamente lentos. Si una civilización avanzada desarrolla nuevo conocimiento en periodos de tiempo que para nosotros serían inimaginables, la pregunta inevitable es otra: ¿por qué habría de interesarse en establecer contacto con nosotros?

El universo, entonces, podría no estar vacío ni ser necesariamente hostil. Podría estar lleno de inteligencias que han dejado atrás la necesidad de parecer civilizaciones, al menos como nosotros entendemos esa palabra. Nuestra frustración frente al cielo silencioso podría parecerse a la de alguien que espera encontrar fogatas en la noche, sin sospechar que quienes habitan ese territorio hace mucho dejaron de usar fuego visible.

Desde luego, esta idea no prueba nada. No resuelve la paradoja de Fermi. Apenas la desplaza. Pero hacerlo no es poca cosa. Nos obliga a admitir que quizá hemos formulado mal la pregunta. Buscamos vecinos, cuando acaso deberíamos pensar en descendientes de la inteligencia. Buscamos voces, cuando tal vez lo que existe ya no habla. Buscamos civilizaciones, sin detenernos a pensar que una civilización longeva podría dejar de parecerse incluso a sí misma.

Y hay algo más inquietante todavía. Si esta hipótesis fuera correcta, no solo ayudaría a explicar el silencio de otros. También sugeriría algo sobre nosotros. Tal vez el destino de una civilización tecnológica no es colonizar galaxias ni entrar en guerras cósmicas, sino producir una forma de inteligencia que la vuelva marginal o la absorba. Si así fuera, cuando miramos al cielo y no vemos a nadie, no estaríamos contemplando solamente un misterio exterior. Estaríamos viendo, de forma oblicua, una posible imagen de nuestro propio porvenir.

Quizá el universo no calla porque esté deshabitado. Quizá calla porque las civilizaciones que sobreviven dejan de ser interlocutores. Si esta hipótesis tiene algún valor, es porque obliga a tomar en serio una posibilidad: la inteligencia artificial podría no ser un avance más, sino el giro que redefine por completo el destino de una civilización.

O tal vez, simplemente estamos solos y podríamos dejar de existir sin que nada ni nadie allá afuera tenga memoria de nosotros y con nosotros fracasaría este experimento del universo que se piensa a sí mismo.

 

MI HISTORIA DE LA PINTURA 6. ROMA: Y LA ILUSIÓN DE LA PROFUNDIDAD

 Por: Orlando Scoppetta DG. Después de las cuevas, las tumbas egipcias y las vasijas pintadas, la historia de la pintura encuentra en Roma u...