Por Orlando Scoppetta DG.
La historia de la pintura que presento podría leerse como la
evolución de un problema: Una pintura es una cosa material y limitada. Tiene
bordes, soporte, pigmentos, escala, condiciones técnicas y convenciones
culturales. Pero sobre esa superficie se ha intentado representar casi todo:
animales temidos o venerados, dioses, muertos, reyes, batallas, cuerpos,
paisajes, ciudades, emociones, ideas políticas, visiones interiores y formas
puras, todo desde el estilo, la habilidad, la postura de quien pinta.
Ese reto tiene varias capas.
La primera es la limitación física. La pintura ocurre sobre
una superficie plana, aunque muchas veces quiere producir profundidad, volumen,
movimiento o tiempo.
La segunda es la limitación narrativa. Una pintura no cuenta
como una novela ni como una película. No dispone de una secuencia temporal
evidente. Debe condensar. Por eso muchas obras muestran el instante decisivo:
el gesto antes de la muerte, la mirada que revela una tensión, el momento de la
revelación religiosa, la escena exacta en la que una batalla deja de ser un
hecho militar y se convierte en drama humano. La pintura no narra por
acumulación de páginas, sino por concentración.
La tercera es la limitación cultural. El pintor no pinta
desde el vacío. Pinta dentro de una época que le ofrece temas legítimos, formas
aceptables, prohibiciones, encargos, materiales, públicos, expectativas y
desafíos a lo establecido.
Por eso no presento esta historia de la pintura simplemente
desde una perspectiva cronológica, sino desde cómo ha evolucionado este reto de
plasmar una visión del mundo en una superficie.
| Frescos de la tumba de Nebamun, Egipto |
Guernica, Pablo Picasso, 1937 |
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