En el capítulo anterior me ocupé de Giotto y de los cambios que introdujo en la representación de las figuras y del espacio. Sus personajes adquirieron volumen, comenzaron a ocupar lugares más reconocibles y, sobre todo, parecían participar de lo que estaba sucediendo a su alrededor. Si uno mira la historia desde lo que ocurrió después, es fácil pensar que allí comenzó un camino que llevaría directamente al Renacimiento. Sin embargo, casi al mismo tiempo que Giotto trabajaba en Florencia y Padua, en Siena se desarrollaba otra forma de transformar la pintura medieval.
Siena se encuentra a unas decenas de kilómetros de Florencia y durante los siglos XIII y XIV fue una ciudad rica y poderosa, además de rival política y comercial de aquella. Esa cercanía no hizo que sus pintores siguieran exactamente el mismo camino. Mientras la tradición florentina fue concediendo cada vez más importancia al volumen y a la representación del espacio, en Siena permaneció con mayor fuerza la influencia bizantina, especialmente visible en el uso del oro, en la elegancia de las figuras y en el valor decorativo de las líneas y los colores.
Duccio
| Imagen de Duccio. Tomada de Wikipedia |
Esto se aprecia especialmente en las escenas narrativas. Duccio no parece preocupado por abandonar las formas anteriores, sino por hacerlas más adecuadas para contar una historia. Introduce edificios, puertas, habitaciones y calles que ayudan a situar los acontecimientos. La perspectiva todavía resulta extraña para nosotros porque diferentes partes de una misma construcción pueden estar representadas desde puntos de vista distintos. Sin embargo, los edificios cumplen una función que va más allá de la decoración: indican dónde se encuentran los personajes y ayudan a entender lo que está sucediendo.
Una obra permite observar buena parte de estos cambios. Se trata de la Maestà, realizada para el altar mayor de la catedral de Siena y terminada en 1311. Era un retablo de enormes dimensiones, pintado por las dos caras. En la parte principal aparecía la Virgen con el Niño rodeada por santos y ángeles, mientras que en la otra cara se desarrollaba una extensa serie de episodios de la vida y la Pasión de Cristo. A estas escenas se agregaban otras más pequeñas distribuidas en distintas partes del retablo.
La importancia de la obra para la ciudad puede apreciarse en lo que ocurrió cuando fue terminada. El 9 de junio de 1311 fue trasladada desde el taller de Duccio hasta la catedral mediante una procesión en la que participaron autoridades, religiosos y habitantes de Siena. Las tiendas cerraron y hubo música durante el recorrido. La escena dice bastante acerca del lugar que podía ocupar una pintura en una ciudad medieval. La Maestà no era solamente una obra religiosa encargada para una iglesia. La Virgen era considerada protectora de Siena y, por esa razón, el retablo estaba relacionado también con la identidad y la vida política de la ciudad.
| Maestà. Duccio 1311. Museo dell'Opera del Duomo, Siena. Imagen tomada de Wikipedia |
Hay además un detalle que resulta interesante para esta historia. En la base del trono aparece una inscripción en la que se pide a la Virgen paz para Siena y vida para Duccio, quien realizó la pintura. Durante buena parte de la Edad Media conocemos numerosas obras cuyos autores permanecieron anónimos. En este caso, en cambio, la ciudad conocía al pintor, celebró públicamente la terminación de su obra y su nombre quedó incorporado a ella.
Contar mediante imágenes
Las escenas pequeñas de la Maestà permiten apreciar mejor lo que estaba ocurriendo en la pintura. En La curación del ciego, por ejemplo, Cristo aparece tocando los ojos del hombre mientras los discípulos observan. Un poco más adelante, dentro de la misma pintura, el hombre aparece nuevamente después del milagro, ahora sin necesidad de su bastón. El procedimiento de representar en una misma imagen dos momentos diferentes de una historia venía de una larga tradición. Lo nuevo se encuentra en la manera de incorporar a los personajes dentro de un escenario urbano y de utilizar sus gestos y posiciones para orientar la narración.
| La curación del ciego. Duccio. 1311. National Gallery |
Los edificios que aparecen al fondo recuerdan más a una ciudad italiana medieval que a la Jerusalén en la que supuestamente ocurre la escena. Tampoco sería posible construirlos siguiendo exactamente lo representado por Duccio, porque las líneas de perspectiva no obedecen a un sistema único. Pero tampoco parece razonable juzgar la pintura por una técnica que todavía no se había desarrollado. Lo importante es que los pintores estaban tratando de resolver un problema: cómo representar un espacio en el que varias personas pudieran actuar y en el que fuera posible seguir visualmente una historia.
Aquí aparece una diferencia interesante con Giotto. En este último me llamó especialmente la atención la sensación de peso de las figuras y la forma como estas ocupaban el espacio. Duccio conserva una mayor ligereza y una mayor preocupación por la línea, el color y la decoración. Sus personajes parecen menos sólidos, pero sus escenas pueden ser extraordinariamente eficaces para conducir la mirada de un personaje a otro y para mostrar las relaciones entre ellos. Son respuestas distintas a problemas parecidos.
La diferencia importa porque evita convertir la historia de la pintura en una secuencia demasiado ordenada en la que cada artista supera al anterior. Desde nuestra posición resulta fácil conceder mayor importancia a aquello que anticipa lo que vendrá después. Como sabemos que durante el Renacimiento se desarrollarán la perspectiva, el estudio anatómico y una representación cada vez más convincente del espacio, tendemos a reconocer en Giotto el comienzo de esa trayectoria y a considerar otras posibilidades como caminos secundarios. Para los habitantes del siglo XIV, naturalmente, el futuro todavía no existía.
La pintura de Siena continuaría desarrollándose con artistas como Simone Martini y los hermanos Pietro y Ambrogio Lorenzetti. Algunos conservarían la elegancia de las figuras y el gusto por el color que encontramos en Duccio, mientras otros experimentarían con el paisaje, la arquitectura y la representación de la vida cotidiana. Durante algunas décadas del siglo XIV, Siena fue uno de los lugares en los que se estaban produciendo algunas de las transformaciones más interesantes de la pintura europea.
Por ahora me interesa quedarme con una idea más sencilla. Al comenzar el siglo XIV, la pintura italiana estaba cambiando, pero no lo hacía en una sola dirección. Giotto y Duccio, casi contemporáneos y separados por una distancia relativamente pequeña, muestran dos maneras diferentes de alejarse lentamente de las convenciones que habían dominado buena parte de la pintura medieval. Esa diversidad también forma parte de la historia que llevará, más adelante, a lo que llamamos Renacimiento.