Por Orlando Scoppetta DG
Cuando comencé esta serie de entradas prometí que, en algún momento, volvería a una vieja idea mía cuyo título provisional era "Piedras, hormigas y rinocerontes". También dije que mi propuesta tenía que ver con un desarrollo gradual de la consciencia, con las matemáticas y con la inteligencia artificial.
| Piedras, hormigas, rinocerontes y nosotros |
Ha llegado el momento de volver a aquello. Después de este recorrido sigo sin saber qué es la consciencia. No creo que nadie lo sepa todavía. He pasado por el problema difícil, por la posibilidad de que la consciencia emerja enteramente de la materia, por el enorme número de teorías que intentan explicarla y por la pregunta de Thomas Nagel acerca de qué se siente ser un murciélago.
Nada de ello resuelve el problema. Pero creo que ahora puedo
formular mejor mi intuición inicial.
La consciencia quizá no sea una propiedad de todo o nada
Solemos hablar de la consciencia como si existiera una
frontera precisa. A un lado estarían las cosas conscientes. Al otro, todo lo
demás. No estoy seguro de que esa frontera exista.
Mi sospecha es que la consciencia puede ser un asunto de
grados y que esos grados guardan alguna relación con la capacidad que tiene un
sistema para recibir información, modificar su estado, conservar los efectos de
lo ocurrido, integrar diferentes señales y utilizar sus propios estados
anteriores para determinar lo que sucederá después.
Aquí aparecen mis viejas piedras, hormigas y rinocerontes. Comencemos
por una piedra.
Una piedra expuesta al sol recibe energía y aumenta su
temperatura. Cuando las condiciones cambian, libera gradualmente esa energía al
ambiente. Su estado actual depende, entre otras cosas, de lo que le ha sucedido
antes.
No pretendo afirmar por ello que una piedra piense, sienta
calor o posea una minúscula vida interior. Eso sería dar por demostrado
precisamente aquello que intento explorar. Lo que me interesa es algo más
elemental. Incluso un sistema físico tan sencillo puede cambiar de estado como
consecuencia de su interacción con el mundo y conservar durante algún tiempo la
huella física de esa interacción.
Una hormiga es algo radicalmente diferente. Posee receptores
sensoriales, un sistema nervioso, mecanismos de orientación, estados internos,
memoria y sistemas que conectan lo que ocurre en el ambiente con cambios
posteriores en su conducta. La información procedente de diferentes fuentes
afecta a otras partes del organismo y participa en la determinación de lo que
la hormiga hará después.
Si existe algo que se siente al ser una hormiga, no lo
sabemos. Nagel ya nos enseñó la dificultad de atravesar esa frontera. Pero
resulta razonable preguntarse si la organización interna de una hormiga permite
una forma de experiencia que simplemente no tiene equivalente en una piedra.
Y después aparecen otvertebrados, los mamíferos, los primates y nosotros. No porque la evolución constituya una escalera destinada a producir seres humanos. Una hormiga actual está tan sometida a millones de años de evolución como nosotros. Lo que ha producido la evolución son arquitecturas biológicas distintas, capaces de relacionarse con el ambiente de formas muy diferentes.
Un rinoceronte posee un sistema nervioso muchísimo más complejo que el de una hormiga. Integra información visual, auditiva, olfativa y corporal, aprende de la experiencia, reconoce lugares y otros individuos y modifica su conducta de acuerdo con estados internos y acontecimientos anteriores. No sabemos qué se siente al ser un rinoceronte, como tampoco sabemos qué se siente al ser una hormiga. Pero parece difícil imaginar que, si ambos poseen alguna forma de experiencia, esta tenga la misma riqueza.
Algunas de esas arquitecturas desarrollaron sistemas
nerviosos capaces de integrar enormes cantidades de señales, construir
representaciones del entorno, recordar el pasado, anticipar acontecimientos y
mantener una representación relativamente estable del propio organismo.
En algún punto de esa historia estamos nosotros.
La consciencia como integración
Esto me devuelve a una de las características que señalé en
la primera entrada de esta serie: la integración.
La experiencia consciente no se presenta normalmente como
una colección de fragmentos independientes. En este momento veo la pantalla,
escucho los sonidos del lugar donde estoy, percibo la posición de mi cuerpo,
recuerdo lo que estaba escribiendo hace unos segundos y mantengo alguna idea
acerca de lo que quiero decir en el siguiente párrafo.
Sin embargo, no experimento centenares de consciencias diferentes. Experimento una situación. Esta
| Giulio Tononi. Fotografía de la Universidad de Wisconsin |
intuición encuentra una formulación mucho más elaborada en la Teoría de la Información Integrada, conocida como IIT, desarrollada principalmente por Giulio Tononi y actualmente formulada en su versión 4.0.
Encontrarme con IIT fue especialmente interesante porque
allí reconocí, desarrolladas mediante una estructura formal que yo estaba muy
lejos de imaginar, algunas de las intuiciones que me habían llevado años atrás
a pensar en piedras, hormigas y rinocerontes.
La coincidencia no es completa. IIT no dice sencillamente
que cuanta más información procesa un sistema, más consciente es. La cuestión
es bastante más exigente. La teoría parte de algunas propiedades que considera
esenciales de cualquier experiencia consciente. Una experiencia existe para
quien la experimenta, es específica, constituye una unidad, posee límites
definidos y tiene una estructura interna.
A partir de allí intenta establecer qué tendría que ocurrir
en un sistema físico para que pudiera poseer esas mismas propiedades.
Uno de los conceptos centrales es que las partes del sistema
deben ejercer efectos causales unas sobre otras de tal manera que el sistema
forme una unidad irreducible. Dividirlo tendría que destruir algo que estaba
presente cuando funcionaba como un todo. Aquí la información deja de ser
simplemente cantidad de datos. Importa la arquitectura causal. Eso produce
consecuencias extrañas.
Un sistema pequeño pero fuertemente integrado podría, en
principio, poseer alguna forma extremadamente simple de experiencia, mientras
que un dispositivo capaz de realizar millones de cálculos podría carecer de
ella si sus componentes no forman el tipo de estructura causal que exige la
teoría. Por eso mi vieja piedra necesita una corrección: que una piedra cambie
de temperatura demuestra que la materia puede conservar las consecuencias de
sus interacciones. No demuestra que la piedra sea consciente. Para avanzar
desde allí hace falta algo más: organización, diferenciación e integración
causal. La cuestión interesante es cuánto más.
¿Dónde comienza entonces la consciencia?
Tal vez esta pregunta tampoco esté bien formulada. Si la
consciencia admite grados, podría no existir un instante preciso de la historia
natural en el cual el universo pasó de contener exclusivamente materia
inconsciente a contener consciencia.
Podría haber una continuidad. Sistemas extremadamente
simples con estructuras causales extremadamente simples. Organismos que
distinguen unas pocas condiciones del ambiente. Animales capaces de combinar
sentidos, memoria y estados internos. Cerebros que construyen modelos complejos
del mundo. Y finalmente organismos como nosotros, capaces además de preguntarse
por su propia experiencia.
No sé si esa continuidad existe. Pero me parece una
posibilidad que merece ser considerada. IIT llega bastante lejos en esta
dirección. Incluso algunos sistemas muy simples pueden cumplir, al menos según
determinadas formulaciones de la teoría, condiciones mínimas para poseer
información integrada. Esta es precisamente una de las razones por las que IIT
ha provocado tanta discusión filosófica.
La frontera entre esta posición y alguna forma de
panpsiquismo empieza a hacerse incómodamente estrecha. Y, sin embargo, hay una
diferencia importante. No sería necesario imaginar que cada partícula del
universo posee una pequeña mente. La cuestión sería determinar qué sistemas
constituyen realmente unidades causales integradas.
Ese problema está lejos de resolverse.
Y nosotros tampoco tendríamos por qué ser el límite
Hay otra consecuencia de esta forma de ver las cosas que me
resulta especialmente interesante. Si la consciencia depende de determinadas
formas de organización e integración de información, no existe una razón
evidente para considerar que la consciencia humana represente su máximo
posible.
Nuestra experiencia está limitada por nuestra historia
evolutiva. Vemos una pequeña fracción del espectro electromagnético. Oímos un
intervalo limitado de frecuencias. Nuestra memoria es imperfecta. Podemos
atender simultáneamente a muy pocas cosas. Nuestro cerebro tiene un número
finito de neuronas, consume una cantidad limitada de energía y funciona dentro
de restricciones anatómicas acumuladas durante millones de años de evolución. Nada
obliga a pensar que esas limitaciones definan el máximo posible de experiencia
consciente.
Podrían existir sistemas biológicos o no biológicos con formas de
integración más complejas que las nuestras. Y aparece, inevitablemente, la
inteligencia artificial.
Aquí también conviene ser prudente. Que un sistema
artificial resuelva problemas difíciles, converse con nosotros o procese
cantidades inmensas de información no demuestra que sea consciente. Si IIT
tiene algo de razón, habría que examinar su organización causal interna y no
solamente lo que hace desde afuera.
Pero tampoco veo una razón de principio para sostener que
una estructura no biológica jamás pueda ser consciente. La pregunta permanece
abierta.
Una teoría sugerente y todavía problemática
Nada de esto convierte a IIT en la solución al problema de
la consciencia. Su formalismo es extraordinariamente ambicioso y sus
consecuencias han generado objeciones importantes. Algunas de sus predicciones
son difíciles de evaluar experimentalmente y otras han recibido resultados
mixtos.
En 2025 se publicaron los resultados de una gran
colaboración internacional diseñada precisamente para enfrentar predicciones de
IIT con las de otra de las principales teorías de la consciencia, la teoría del
espacio de trabajo neuronal global. Algunos resultados fueron compatibles con
IIT y otros contradijeron predicciones importantes de la teoría. Me parece una
buena situación científica.
Una teoría sobre la consciencia debe correr el riesgo de
equivocarse. IIT tiene para mí un atractivo particular porque intenta construir
un puente entre dos territorios que parecían casi inconmensurables: la
experiencia subjetiva y la organización física de un sistema.
No sé si ese puente llegará a sostenerse. Pero al menos
existe un intento formal de construirlo.
Por ahora, cierro aquí
Comencé estas entradas porque el problema de la consciencia
había perturbado durante mucho tiempo una visión del mundo que creía
razonablemente asentada. Sigo considerando que no tenemos razones suficientes
para abandonar una explicación naturalista y material de la consciencia. Todo
lo que conocemos sobre nuestra experiencia muestra una dependencia profunda de
la actividad cerebral.
Pero tampoco creo que podamos declarar resuelto el problema
simplemente señalando al cerebro. Entre la actividad de miles de millones de
neuronas y el hecho elemental de que algo se siente permanece una distancia
explicativa enorme.
Mi intuición actual es que la solución, si alguna vez llega,
tendrá que considerar la consciencia como una propiedad gradual relacionada con
la organización causal de la materia y con su capacidad para diferenciar,
conservar e integrar información. La piedra me recuerda que hasta la materia
más sencilla cambia con aquello que le sucede. La hormiga muestra lo que ocurre
cuando la evolución construye sistemas capaces de convertir información en
conducta adaptativa.
Nosotros añadimos algo todavía más extraño: podemos
convertir esa información en una pregunta acerca de nosotros mismos. Quizá
existan grados todavía mayores. No lo sé.
Y después de todo este recorrido, esa me parece una manera
bastante razonable de cerrar, por ahora, mi acercamiento al problema de la
consciencia.