Por Orlando Scoppetta DG.
De Roma a Bizancio
En el año 330, el emperador Constantino trasladó la capital imperial a Bizancio, una ciudad situada entre Europa y Asia que desde entonces recibió el nombre de Constantinopla. Cuando el Imperio romano de Occidente desapareció en el siglo V, el Imperio de Oriente continuó existiendo durante casi mil años más.
| Justiniano y su séquito. Autor desconocido. Hacia 547. Presbiterio de la basílica de San Vital, Rávena, Italia |
Sus habitantes se consideraban romanos, aunque hablaban principalmente griego y vivían en una sociedad cada vez más definida por el cristianismo. Constantinopla se convirtió en un centro político, comercial y religioso de enorme importancia. Desde allí, la cultura bizantina se extendió por los Balcanes, el Mediterráneo oriental y parte de Europa del Este.
El periodo más influyente para las artes comenzó durante el gobierno del emperador Justiniano, en el siglo VI. A esa época pertenecen la iglesia de Santa Sofía, los grandes mosaicos de Rávena y algunos de los iconos más antiguos que se conservan. Después vendrían las disputas sobre las imágenes religiosas, las invasiones, las pérdidas territoriales y varios momentos de recuperación cultural. El Imperio bizantino terminó en 1453, cuando Constantinopla fue conquistada por los otomanos.
No se trató, por tanto, de una breve transición entre Roma y la Edad Media. Fue una civilización de larga duración que conservó parte de la herencia antigua y la transformó de acuerdo con una nueva visión religiosa del mundo. Su pintura nació de ese encuentro entre la tradición grecorromana, el poder imperial y el cristianismo.
La pintura bizantina
Cuando miramos una pintura romana conservada en Pompeya (ver mi entrada anterior), encontramos con frecuencia una pared que intenta dejar de ser pared. Las columnas pintadas, las ventanas imaginarias, los jardines y las construcciones que parecen prolongarse detrás del muro producen la ilusión de que el espacio continúa. La pintura abre la superficie y nos invita a mirar a través de ella.
En el arte bizantino ocurre algo diferente: La pared permanece delante de nosotros. El fondo dorado no
| La Virgen y el Niño. Autor desconocido. 867. Santa Sofía. Estambul. Sofía |
busca confundirse con el cielo ni representar un lugar que pueda recorrerse. Las figuras aparecen de frente, quietas, sometidas a un orden riguroso. La profundidad se reduce. La luz no proviene de una ventana ni de una lámpara situada dentro de la escena. Parece emanar de la propia imagen.
Durante mucho tiempo se interpretó esta transformación como una pérdida. Según esa lectura, los pintores medievales habrían olvidado los conocimientos sobre perspectiva, volumen y anatomía alcanzados por los artistas griegos y romanos. Las figuras rígidas, los rostros solemnes y los espacios poco realistas serían señales de una decadencia técnica.
Como es usual, salgo en defensa de los pintores (y pintoras). Los artistas bizantinos no estaban tratando de representar el mismo mundo que los pintores romanos. Tampoco esperaban que la pintura cumpliera la misma función.
La pintura había dejado de ser, principalmente, una imitación de lo visible. Ahora debía hacer presente una realidad sagrada.
Una imagen fuera del tiempo
El cristianismo introdujo una dificultad particular para la pintura. ¿Cómo representar aquello que no puede verse? ¿Cómo mostrar a Dios, a Cristo, a la Virgen o a los santos sin convertirlos en personajes ordinarios?
La respuesta bizantina consistió en apartar la imagen del espacio cotidiano.
El fondo dorado fue uno de los recursos más importantes. El oro no tiene profundidad. Tampoco permite saber si la escena ocurre durante el día o la noche. No pertenece a un paisaje ni a una habitación. Su brillo cambia según la luz y la posición del observador. En los mosaicos, las pequeñas piezas doradas reflejan la iluminación del edificio y hacen que la imagen parezca moverse sin desplazarse.
El oro suprime el lugar y el tiempo. La escena no sucede aquí o allá. No representa un momento que termina. Pertenece a una realidad considerada permanente.
Las figuras también responden a esa intención. Los personajes aparecen de frente porque no están ocupados en una acción privada. Se dirigen al observador. Sus ojos grandes y fijos establecen una relación directa con quien contempla la imagen.
Los cuerpos pierden peso. Las túnicas caen formando líneas que describen una anatomía espiritual más que física. Los gestos se reducen y adquieren un significado preciso. Una mano bendice. Otra sostiene un libro. Una inclinación de la cabeza expresa obediencia, autoridad o compasión.
Cada elemento participa de un lenguaje que los fieles aprendían a reconocer.
El icono
La forma más característica de la pintura bizantina fue el icono. La palabra procede del griego eikón, que significa imagen.
Un icono podía representar a Cristo, la Virgen, un santo o un episodio religioso. Con frecuencia se pintaba sobre una tabla de madera preparada con varias capas de yeso. El artista aplicaba pigmentos y, en determinadas zonas, hojas de oro. Algunas de las imágenes más antiguas fueron realizadas mediante encausto, una técnica que mezclaba los colores con cera caliente. Más adelante se generalizó el uso del temple.
El icono no era concebido como una decoración. Tampoco era, en sentido estricto, el retrato de una persona ausente. Para los creyentes, la imagen permitía establecer una relación con la figura representada. El honor dirigido al icono pasaba al personaje sagrado. La tabla continuaba siendo madera y pigmento, pero su función excedía sus materiales.
Esta idea resulta extraña para una mirada acostumbrada a visitar museos. Allí observamos una pintura a cierta distancia, leemos el nombre del artista, consideramos su estilo y la situamos dentro de una época. En una iglesia bizantina, el icono era besado, iluminado con velas, acompañado por oraciones y llevado en procesión.
No se trataba solamente de mirar una obra. Se esperaba algo de ella. Quizás por eso los iconos suelen producir una impresión difícil de explicar. Las figuras no parecen estar representando una escena para nuestro entretenimiento. Permanecen frente a nosotros. Su quietud no es vacío. Es una forma de presencia.
El Cristo del Sinaí
Uno de los iconos más antiguos conservados representa a Cristo Pantocrátor. Se encuentra en el monasterio de Santa Catalina, al pie del monte Sinaí, y fue pintado probablemente en el siglo VI.
Cristo aparece de frente. Con una mano bendice y con la otra sostiene un libro. Detrás de su cabeza se encuentra el halo que señala su condición sagrada. El fondo dorado elimina cualquier referencia a un espacio concreto.
| Pantocrator de Sinaí. Autor desconocido. Alrededor de 550. Monasterio de Santa Catalina, monte Sinaí, Egipto |
Lo más llamativo es la asimetría del rostro.
Si se observa cada mitad por separado, parecen surgir dos expresiones diferentes. Un lado resulta sereno y luminoso. El otro parece más severo. Esta diferencia ha sido interpretada como una referencia a la doble naturaleza de Cristo, humana y divina. No sabemos si esa lectura corresponde exactamente a la intención del pintor, pero la tensión está presente.
La imagen no ofrece un rostro fácil de descifrar. Su mirada parece cercana y distante al mismo tiempo.
El monasterio de Santa Catalina permitió conservar este y otros iconos antiguos porque quedó fuera del control directo del Imperio durante los periodos en que muchas imágenes religiosas fueron destruidas.
Una pintura reglada
El pintor bizantino trabajaba dentro de una tradición estricta. No podía representar a Cristo o a la Virgen de cualquier manera. Existían modelos, posiciones, colores y gestos reconocidos. Las imágenes debían mantener continuidad con otras imágenes anteriores. Su legitimidad dependía, en buena medida, de esa continuidad.
Esto no significa que todos los iconos fueran idénticos. Los pintores variaban la expresión, el ritmo de las líneas, la distribución de la luz y la intensidad del color. Pero la innovación individual no ocupaba el lugar central que tendría siglos después en la pintura europea.
El nombre del artista solía desaparecer.
Esta ausencia puede llevarnos a pensar que el pintor carecía de importancia. Ocurre lo contrario. La elaboración de un icono requería conocimientos técnicos, disciplina y dominio de una compleja tradición visual. El artista debía controlar los materiales y, al mismo tiempo, someter su trabajo a reglas que no había inventado.
La pintura no era entendida como la expresión personal de una sensibilidad. Era una tarea recibida.
En este sentido, el pintor bizantino se distancia del ceramista griego que comenzó a firmar su obra y a reclamar un lugar propio. Aquí el valor de la imagen no depende de la originalidad de quien la produce. Depende de su fidelidad a una verdad compartida.
La disputa por las imágenes
La importancia de los iconos produjo también una de las mayores crisis del Imperio bizantino.
Durante los siglos VIII y IX se desarrolló la llamada iconoclasia, un conflicto sobre el uso de imágenes religiosas. Los iconoclastas consideraban que la veneración de iconos podía convertirse en idolatría. Si Dios era invisible e infinito, cualquier intento de representarlo podía parecer una falsificación.
Sus opositores defendieron las imágenes. Sostenían que, puesto que Cristo había asumido una forma humana, podía ser representado. Negar esa posibilidad significaba negar la encarnación.
La discusión no fue solamente teológica. También involucró el poder del emperador, la autoridad de los monasterios y el control sobre las prácticas religiosas. Durante determinados periodos, numerosos iconos y mosaicos fueron destruidos, cubiertos o reemplazados por cruces y motivos ornamentales.
En el año 843, la veneración de los iconos fue restaurada de manera definitiva en el Imperio.
Pocas veces la pintura ha sido tomada tan en serio.
Las imágenes fueron perseguidas porque se les atribuía poder. Podían orientar la devoción, sostener una doctrina y desafiar la autoridad. El intento de destruirlas confirma que nadie las consideraba objetos inofensivos.
La pared convertida en umbral
Los mosaicos bizantinos transformaron también el interior de las iglesias. En las construcciones romanas, la pintura podía simular jardines, edificios y paisajes. En los templos bizantinos, el muro dejó de abrirse hacia un espacio imaginario. Se cubrió con figuras ordenadas según una jerarquía.
| Interior de Santa Sofía en Estambul. Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto 532-537 |
Cristo ocupaba las zonas más altas. La Virgen, los ángeles y los santos se distribuían en posiciones definidas. La arquitectura entera se convertía en una representación del orden religioso.
Las pequeñas piezas de vidrio y piedra, llamadas teselas, no siempre se colocaban sobre una superficie completamente plana. Sus leves inclinaciones hacían que la luz se reflejara de manera irregular. Cuando las velas se movían, el oro parecía vibrar.
La imagen no necesitaba representar una fuente de luz porque la luz real entraba en ella. El muro seguía siendo muro, pero ya no actuaba como un límite. Se convertía en un umbral entre el espacio del creyente y el orden sagrado representado en la iglesia.
Otra forma de realidad
La pintura bizantina obliga a revisar la idea de que el arte progresa cuando se acerca a una reproducción cada vez más exacta de la naturaleza.
Una figura plana puede ser el resultado de una decisión. La ausencia de perspectiva puede cumplir una función. Un rostro inmóvil puede transmitir una intensidad que se perdería en una escena llena de movimiento.
Los bizantinos conocieron las imágenes naturalistas del mundo antiguo. Algunas sobrevivieron durante siglos. Sin embargo, eligieron otra forma de representación porque buscaban otra clase de verdad.
La pintura egipcia había ordenado el cuerpo según la jerarquía y la función ritual. La pintura griega exploró el movimiento y la anatomía. Roma convirtió el muro en una ventana. Bizancio tomó esa superficie, la cubrió de oro y la hizo permanecer delante de nosotros.
La imagen dejó de invitarnos a entrar en un espacio. Nos pidió que permaneciéramos frente a ella.