Por Orlando Scoppetta DG.
De mi primera entrada acerca del problema de la consciencia puede quedar la imagen de que me deslindo de la posibilidad de que la consciencia sea fundamentalmente el resultado de eventos biológicos. No es así, no estoy convencido de ello. Mi objetivo con estas entradas es plantear el problema desde mi comprensión personal sin descartar ninguna de las fuentes de explicación serias.
De hecho,
descartar esa hipótesis en este momento sería prematuro. En filosofía de la
mente, el fisicalismo sigue ocupando un lugar central. No porque haya ganado de
forma definitiva, sino porque sigue siendo una de las grandes maneras de
organizar lo que sabemos sobre la relación entre mente y mundo. El fisicalismo
es, en términos generales, la tesis de que todo es físico, o depende de lo
físico. La consciencia representa uno de sus desafíos más profundos, sí, pero
desafío no es derrota. Problema difícil no es refutación.
Lo que vuelve esto especialmente importante no es solo la discusión filosófica, sino la terquedad de los hechos. La consciencia humana conocida no se comporta como algo ajeno al cerebro. No parece flotar por encima de él con independencia soberana. Parece más bien acompañarlo, padecerlo, seguirlo en su integridad y en su ruina. Cuando el cerebro se altera, la consciencia cambia. Cuando el daño es grave, la consciencia se apaga o se rompe. Y cuando la función del cerebro entero se pierde de manera irreversible, también desaparece la posibilidad misma de consciencia humana. Las definiciones neurológicas actuales de muerte encefálica descansan precisamente en esa pérdida irreversible de la función de todo el cerebro, incluido el tronco encefálico.
Este punto me
parece decisivo. No es una prueba final de que la consciencia sea idéntica al
cerebro. No cierra de una vez por todas el debate metafísico. Pero sí impide
tratar con ligereza la idea de que la consciencia emerge de la actividad
cerebral. Si toda la evidencia clínica relevante muestra que la experiencia
consciente depende de la integridad funcional del cerebro, entonces la
propuesta materialista no solo sigue en pie. Sigue siendo una de las hipótesis
más serias disponibles. No porque explique ya todo, sino porque todavía ninguna
otra hipótesis ha mostrado un vínculo empírico más firme con lo que observamos.
Hay, además,
una confusión frecuente que conviene despejar. A veces se cree que una teoría
solo merece seguir viva si ya posee una explicación completa. Eso no ha sido
cierto en la historia de la ciencia y no tiene por qué serlo aquí. Muchas veces
primero advertimos una dependencia, una regularidad, una estructura de hechos,
y solo después, a veces mucho después, entendemos el mecanismo. No comprender
todavía el cómo no obliga a negar el qué. No entender aún cómo la materia
cerebral organizada produce experiencia subjetiva no obliga a concluir que no
la produce. Obliga a seguir pensando. Obliga a trabajar más. Obliga a admitir
que la laguna es enorme. Pero no obliga a abandonar la hipótesis. Chalmers,
precisamente, formuló el problema duro para mostrar la magnitud de esa laguna,
no para demostrar que toda explicación naturalista hubiera quedado descartada
de antemano.
Por eso me
parece importante resistir tanto el triunfalismo como la renuncia. El
triunfalismo diría que la neurociencia ya resolvió el problema de la
consciencia. No es verdad. La renuncia diría que, como no lo ha resuelto,
debemos buscar la respuesta fuera del cerebro o más allá de la materia. Tampoco
me parece justificado. Entre esos dos excesos hay una posición más sobria y, a
mi juicio, más seria. Consiste en admitir que seguimos sin una teoría
satisfactoria de la emergencia de la experiencia subjetiva, pero que eso no
debilita por sí solo la hipótesis de que la consciencia emerja del cerebro. La
mantiene abierta. Tal vez incluso la refuerza, porque todo lo que vemos apunta
una y otra vez hacia la misma dependencia.
No es casual
que algunos de los nombres más influyentes en este campo hayan trabajado
justamente desde ese supuesto. Francis Crick y Christof Koch ayudaron a dar
forma al programa de búsqueda de los correlatos neuronales de la consciencia,
es decir, de las condiciones cerebrales asociadas a la experiencia consciente.
Ese programa no nació de una ingenuidad reduccionista cualquiera, sino de la
convicción de que si la consciencia forma parte de la naturaleza, debe dejar
huellas en la organización del cerebro y puede ser estudiada con seriedad
empírica. Décadas después, esa agenda sigue viva en la investigación
contemporánea.
Algo parecido
ocurre con autores como John Searle. Su naturalismo biológico tiene la virtud
de no negar la realidad irreductible de la experiencia subjetiva y, al mismo
tiempo, insistir en que esa experiencia es causada por procesos
neurobiológicos. Esa idea me parece especialmente valiosa porque evita una
falsa elección. No obliga a escoger entre un materialismo tosco, incapaz de
tomarse en serio la subjetividad, y un abandono de la naturaleza como horizonte
explicativo. Permite decir algo más matizado y quizá más verdadero: que la
consciencia es un rasgo real del mundo, pero un rasgo que surge en organismos
biológicos con cerebros de cierto tipo.
Al final, mi
impresión es esta. La hipótesis materialista no puede descartarse. La idea de
que la consciencia emerge del cerebro no queda anulada por el hecho de que
todavía no sepamos explicar su mecanismo. Al contrario, sigue siendo una
hipótesis plenamente vigente porque el conjunto de la evidencia empírica la
mantiene en el centro del problema. La consciencia sigue siendo un misterio.
Pero no cualquier misterio. Es un misterio que, hasta donde alcanzan nuestros
datos, acompaña fielmente al cerebro, depende de él, se deforma con él y
desaparece con su destrucción irreversible. Eso no es una teoría completa. Pero
tampoco es un detalle menor. Es, más bien, una razón poderosa para no abandonar
demasiado pronto la vieja y difícil intuición de que quizá la consciencia, con
todo su espesor interior, sea una forma de la materia viva cuando alcanza
cierto grado de organización.


