Por: Orlando Scoppetta DG.
Después de las cuevas, las tumbas egipcias y las vasijas pintadas, la historia de la pintura encuentra en Roma un desafío diferente La pregunta empieza a ser cómo transformar la superficie misma, más allá de la cuestión de qué representar en ella.
| Villa de los Misterios, Pompeya |
Los romanos
heredaron tradiciones pictóricas anteriores, especialmente del mundo griego,
pero llevaron la pintura mural hacia una ambición nueva: hacer que la pared
pareciera algo distinto de una pared.
Las grandes
protagonistas de esta etapa son las casas, villas y edificios públicos. La
superficie pictórica vuelve a ser el muro, pero ahora se utiliza para crear
arquitecturas imaginarias, jardines, paisajes, templos, columnas, ventanas y
escenas que parecen extenderse más allá del espacio real.
Encontramos
un esfuerzo sistemático por producir profundidad sobre una superficie plana. El
pintor romano comprendió que una pared podía convertirse en una ilusión. Podía
sugerir distancia, volumen y espacio sin dejar de ser una superficie.
Muchas de
estas pinturas han llegado hasta nosotros gracias a una catástrofe. La erupción
del Vesubio en el año 79 d. C. sepultó Pompeya y Herculano. La tragedia
conservó centenares de ejemplos de pintura mural que de otro modo probablemente
se habrían perdido.
Al observar
estas obras sorprende la habilidad técnica alcanzada. Columnas pintadas
prolongan habitaciones. Jardines imaginarios parecen continuar detrás del muro.
Edificios inexistentes crean perspectivas complejas. Algunas estancias producen
la sensación de ser más grandes de lo que realmente son.
La superficie
además de ser soporte de símbolos, rituales o relatos se convierte en un
instrumento para modificar la experiencia visual del espacio.
Este cambio también transforma el oficio del pintor. El pintor romano debía dominar el dibujo, el color, la composición y el trabajo sobre grandes superficies. Pero además necesitaba comprender cómo responde la mirada humana ante las formas y las distancias. Tenía que pensar en la habitación completa y en la posición del observador dentro de ella.
| Jardín de la Villa de Livia (siglo I a. C.) |
A diferencia del pintor de vasijas, que organizaba escenas sobre un objeto que podía girarse en las manos, el pintor romano trabajaba sobre espacios habitables. Sus imágenes convivían con la arquitectura, los muebles, la luz y las actividades cotidianas.
En cierto
sentido, la pintura comienza a competir con la realidad. Una pared puede
parecer una galería abierta. Un muro cerrado puede sugerir un paisaje lejano.
Una habitación ordinaria puede transformarse en un escenario más amplio que sus
dimensiones físicas.
Aunque no se trata todavía de la perspectiva matemática que aparecerá muchos siglos después durante el Renacimiento, aquí encontramos uno de sus antecedentes más importantes. El deseo de abrir la superficie y de producir profundidad ya está presente.
| Cubículo de la Villa de Publio Fanio Sinistor en Boscoreale |
Si las cuevas
transformaron la roca en presencia, Egipto convirtió el muro en orden y las
vasijas hicieron de la arcilla un soporte para relatos, Roma intentó algo
distinto: transformar la pared en espacio.
La historia
de la pintura avanzó una vez más porque la superficie planteó un nuevo
problema. Y el pintor respondió explorando una de las ideas más influyentes de
toda la tradición occidental: la posibilidad de crear un mundo detrás de la
superficie visible.