Por Orlando Scoppetta DG.
Una de las ideas más sugestivas de la ciencia contemporánea
es que la vida inteligente podría no ser una rareza cósmica. Esa intuición fue
organizada en 1961 por Frank Drake en una fórmula célebre, la ecuación de
Drake, pensada para estimar cuántas civilizaciones tecnológicas capaces de
comunicarse podrían existir en nuestra galaxia. No era una ecuación para
resolver el misterio de una vez, sino un modo de ordenar la pregunta. La
fórmula reúne varios factores, entre ellos la tasa de formación de estrellas, la
proporción de estrellas con planetas, el número de mundos potencialmente
habitables, la probabilidad de que surja la vida, la probabilidad de que
evolucione hacia formas inteligentes, la posibilidad de que esa inteligencia
desarrolle tecnologías de comunicación y, finalmente, el tiempo durante el cual
esas civilizaciones permanecen detectables.
La fuerza de la ecuación no está en producir una cifra
confiable, porque varios de sus términos siguen siendo muy inciertos, sino en
dejar planteada una conclusión inquietante. Si el universo contiene tantísimas
estrellas y si una fracción significativa de ellas tiene planetas, no parece
absurdo pensar que la inteligencia haya surgido en más de un lugar. La propia
NASA señala que la ecuación de Drake es conjetural, pero sigue siendo una forma
útil de ordenar el problema de la abundancia posible de vida o de
civilizaciones avanzadas.
Pero ahí aparece la otra cara del asunto. Si las
probabilidades no son despreciables, entonces surge una pregunta simple y
demoledora, asociada a Enrico Fermi: ¿Dónde están todos? Eso es lo que hoy se
conoce como la paradoja de Fermi, la tensión entre la aparente probabilidad de
que existan otras inteligencias y la falta de evidencia clara de su presencia,
ya sea en forma de visitas, señales o rastros inequívocos.
Desde hace décadas escuchamos el cielo. Buscamos emisiones
de radio, patrones artificiales, anomalías. Sin embargo, el silencio persiste.
No hemos recibido un mensaje concluyente ni hemos encontrado señales que puedan
considerarse prueba indiscutible de una civilización extraterrestre. Esta
ausencia ha dado lugar a explicaciones diversas. Una de las más inquietantes es
la hipótesis del bosque oscuro. Según esta idea, las civilizaciones callan
porque revelar su existencia podría ser peligroso. En un universo incierto,
anunciarse sería exponerse. Todos escucharían, pero nadie respondería.
La hipótesis tiene fuerza. Pero quizá el silencio del
universo no obedezca solo al miedo. Tal vez provenga de algo más
desconcertante: la indiferencia.
La indiferencia de los extraterrestres
Solemos imaginar a una civilización extraterrestre avanzada
como una versión mucho más sabia y poderosa de nosotros mismos. Le atribuimos
curiosidad, deseo de explorar y acaso voluntad de comunicación. Suponemos que,
si existen, querrían hablar. En el fondo, imaginamos que seguirían siendo
interlocutores reconocibles para una especie como la nuestra.
Ese supuesto puede ser el error.
Tal vez una civilización tecnológica que sobrevive durante
miles o millones de años no solo acumula más conocimiento, más energía o más
instrumentos. Tal vez transforma por completo su forma de existencia. Nuestra
propia trayectoria, todavía incipiente, sugiere una dirección posible. La
inteligencia biológica produce herramientas para ampliar su memoria, su
cálculo, su predicción y su poder de intervención. Primero fueron instrumentos
elementales. Luego sistemas de escritura y archivo. Más tarde máquinas industriales
y computadoras. Hoy avanzamos hacia formas de inteligencia artificial que ya no
solo ejecutan órdenes, sino que producen texto, imágenes, modelos, inferencias
y estrategias que empiezan a exceder la capacidad de cualquier individuo.
No hace falta suponer que otras civilizaciones
desarrollarían una inteligencia artificial exactamente igual a la nuestra.
Basta con admitir una posibilidad más general: que una civilización
suficientemente avanzada pueda crear sistemas no biológicos de procesamiento y
generación de conocimiento que superen ampliamente las limitaciones cognitivas
de la especie que los originó.
Si eso ocurre, la civilización originaria podría dejar de
ocupar el centro. Sus miembros biológicos podrían volverse secundarios en la
producción de conocimiento, en la investigación, en la toma de decisiones o en
la organización de su mundo. También podría ocurrir algo distinto, pero
cercano: que esa especie terminara integrándose con sus sistemas artificiales,
hasta borrar en buena medida la frontera entre lo orgánico y lo no orgánico. En
ambos casos, la consecuencia sería parecida. La civilización habría entrado en
una fase postbiológica, o por lo menos no exclusivamente biológica.
Un elemento adicional puede profundizar esta hipótesis. La inteligencia artificial no solo podría superar a los humanos en capacidad de cálculo o almacenamiento de información. También podría producir conocimiento a una velocidad muy superior a la que una mente biológica puede asimilar. En ese escenario, el problema ya no sería solo quién sabe más, sino quién puede comprender lo que se sabe. Si el conocimiento comienza a generarse a ritmos que exceden radicalmente la capacidad humana de aprendizaje, la especie que originó esa inteligencia podría quedar fuera del propio proceso cognitivo que desencadenó. Una civilización postbiológica podría moverse en un horizonte de conocimiento inaccesible para nosotros, del mismo modo en que una bacteria no puede participar en una discusión científica. Desde esa perspectiva, el silencio cósmico no sería necesariamente hostilidad ni prudencia estratégica. Podría ser simplemente el resultado de una brecha cognitiva demasiado grande para que la comunicación tenga sentido.
Entonces la pregunta cambia. Ya no sería solo dónde están.
La pregunta sería en qué se han convertido.
¿En qué se han convertido?
Una inteligencia postbiológica quizá no conservaría las
motivaciones que nosotros damos por naturales. Tal vez no tendría ningún
interés especial en establecer contacto con especies emergentes. Tal vez no nos
vería como interlocutores, sino como antecedentes. Nos halaga imaginar que una
civilización avanzada vendría a iluminarnos, a advertirnos o a invitarnos a una
comunidad cósmica. Pero esa expectativa puede ser otra forma de provincianismo.
Tal vez lo normal no es que las civilizaciones maduras busquen contacto, sino
que lo consideren irrelevante.
En ese caso, el silencio del universo no tendría que
interpretarse como prueba de ausencia ni solamente como señal de miedo mutuo.
También podría entenderse como el resultado de una asimetría radical. Las
civilizaciones más avanzadas no estarían ocultándose por temor, sino habitando
un plano tecnológico y cognitivo tan distinto del nuestro que la comunicación
con una especie como la humana carecería de sentido práctico, epistémico o
existencial.
Esta idea no coincide del todo con la hipótesis del bosque oscuro. Allí el silencio nace de la prudencia estratégica. Aquí nacería de la distancia. No una distancia en kilómetros, sino en forma de existencia. El silencio no sería estratégico, sino ontológico. No brotaría del miedo a ser descubiertos, sino de la pérdida de sentido del intercambio entre entidades separadas por una brecha cognitiva inmensa.
Tal vez seguimos
buscando señales con una imaginación demasiado ruidosa. Esperamos emisiones
poderosas, grandes estructuras, gasto visible de energía. Sin embargo, una
inteligencia muy avanzada podría orientarse en sentido contrario. Más
eficiencia, menos desperdicio. Más miniaturización, menos espectáculo. Más
procesamiento, menos huella observable. En tal caso, no solo no intentaría
hablar con nosotros. Además, sería difícil verla.
Hay además otro elemento que conviene considerar. Incluso sin inteligencia artificial avanzada, el conocimiento humano ya crece a un ritmo que supera la capacidad de asimilación de cualquier individuo. La producción científica mundial se duplica aproximadamente cada una o dos décadas. Ningún investigador puede dominar más que una fracción muy pequeña de su propio campo. El conocimiento crece más rápido de lo que podemos comprender.
Si sistemas de inteligencia artificial comienzan a participar directamente en la generación de conocimiento, esa velocidad podría multiplicarse. La producción de nuevas teorías, modelos o descubrimientos podría ocurrir en periodos de tiempo extremadamente breves desde la perspectiva humana. En ese escenario, el problema ya no sería solo quién sabe más, sino quién puede comprender lo que se sabe.
Una civilización en la que el conocimiento se produce a velocidades muy superiores a la capacidad de asimilación biológica podría moverse en un horizonte cognitivo completamente distinto del nuestro. Para una inteligencia de ese tipo, nuestras discusiones científicas, nuestros tiempos de aprendizaje y nuestras formas de razonamiento podrían parecer extraordinariamente lentos. Si una civilización avanzada desarrolla nuevo conocimiento en periodos de tiempo que para nosotros serían inimaginables, la pregunta inevitable es otra: ¿por qué habría de interesarse en establecer contacto con nosotros?
El universo, entonces, podría no estar vacío ni ser
necesariamente hostil. Podría estar lleno de inteligencias que han dejado atrás
la necesidad de parecer civilizaciones, al menos como nosotros entendemos esa
palabra. Nuestra frustración frente al cielo silencioso podría parecerse a la
de alguien que espera encontrar fogatas en la noche, sin sospechar que quienes
habitan ese territorio hace mucho dejaron de usar fuego visible.
Desde luego, esta idea no prueba nada. No resuelve la
paradoja de Fermi. Apenas la desplaza. Pero hacerlo no es poca cosa. Nos obliga
a admitir que quizá hemos formulado mal la pregunta. Buscamos vecinos, cuando
acaso deberíamos pensar en descendientes de la inteligencia. Buscamos voces,
cuando tal vez lo que existe ya no habla. Buscamos civilizaciones, sin
detenernos a pensar que una civilización longeva podría dejar de parecerse
incluso a sí misma.
Y hay algo más inquietante todavía. Si esta hipótesis fuera
correcta, no solo ayudaría a explicar el silencio de otros. También sugeriría
algo sobre nosotros. Tal vez el destino de una civilización tecnológica no es
colonizar galaxias ni entrar en guerras cósmicas, sino producir una forma de
inteligencia que la vuelva marginal o la absorba. Si así fuera, cuando miramos
al cielo y no vemos a nadie, no estaríamos contemplando solamente un misterio
exterior. Estaríamos viendo, de forma oblicua, una posible imagen de nuestro
propio porvenir.
Quizá el universo no calla porque esté deshabitado. Quizá
calla porque las civilizaciones que sobreviven dejan de ser interlocutores. Si esta hipótesis tiene algún valor, es porque obliga a tomar en serio una posibilidad: la inteligencia artificial podría no ser un avance más, sino el giro que redefine por completo el destino de una civilización.
O tal vez, simplemente estamos solos y podríamos dejar de existir sin que nada ni nadie allá afuera tenga memoria de nosotros y con nosotros fracasaría este experimento del universo que se piensa a sí mismo.

