Por: Orlando Scoppetta DG.
Robert Lawrence Kuhn. Imagen: Wikipedia
Por otra parte, tampoco me parece honesto convertir esa dependencia en una explicación completa. Que la consciencia dependa del cerebro no significa que ya sepamos cómo la actividad cerebral llega a convertirse en experiencia subjetiva. Esta ha sido, para mí, la dificultad central del problema: no basta con describir neuronas, circuitos, impulsos eléctricos o redes funcionales. Falta explicar por qué todo eso va acompañado de un punto de vista, de una interioridad, de algo que se siente desde dentro.
En la segunda entrada resumí esta cautela con una frase que sigo considerando útil: problema difícil no es refutación. La dificultad de explicar la consciencia desde la materia no prueba que la materia sea incapaz de producirla. Pero también vale la afirmación inversa: la fuerza de la hipótesis materialista no prueba que el problema esté resuelto. Entre el triunfalismo neurocientífico y la renuncia precipitada al materialismo hay un espacio más sobrio, que consiste en reconocer la dependencia cerebral de la consciencia sin fingir que entendemos plenamente su emergencia.
Ese espacio intermedio se vuelve
todavía más importante cuando se introduce la inteligencia artificial. En otra
entrada del blog planteé la posibilidad de civilizaciones postbiológicas y de
formas de inteligencia que, al superar las limitaciones humanas, quizá dejen de
parecerse a nosotros. Pero esa discusión queda incompleta si no enfrentamos una
pregunta previa: ¿una inteligencia no biológica podría ser consciente? La
respuesta depende, inevitablemente, de qué entendamos por consciencia.
Aquí aparece la utilidad de mirar el
campo en perspectiva. No para escoger de inmediato una teoría, ni para
abandonar la intuición materialista, sino para advertir la magnitud del
desacuerdo. Robert Lawrence Kuhn ofrece una referencia valiosa en este sentido.
En su trabajo, publicado en parte en el artículo “A Landscape of Consciousness:
Toward a Taxonomy of Explanations and Implications”, organiza las teorías de la
consciencia dentro de un paisaje que va desde posiciones más fisicalistas hasta
enfoques no fisicalistas. Él no pretende decidir cuál teoría es correcta, sino
ordenar el debate, presentar las explicaciones desde la perspectiva de sus
defensores y mostrar sus implicaciones para asuntos como el sentido de la
existencia, la conciencia en inteligencia artificial, la inmortalidad virtual y
la supervivencia después de la muerte.
El dato es elocuente. Kuhn no encuentra
unas pocas teorías rivales, sino un campo poblado por centenares de
explicaciones. En el artículo académico, las organiza en grandes categorías:
teorías materialistas, fisicalismo no reductivo, teorías cuánticas, teoría de
la información integrada, panpsiquismos, monismos, dualismos, idealismos,
teorías sobre estados anómalos o alterados y teorías críticas o de desafío.
| Imagen en Lansdcape of Conciusness. https://loc.closertotruth.com/interactive |
Esa clasificación no debe leerse como
una invitación a aceptar cualquier propuesta. No todas las teorías tienen la
misma solidez, el mismo respaldo empírico ni la misma claridad conceptual. Pero
su sola proliferación muestra algo importante: la consciencia sigue siendo un
problema abierto. Si hubiera una explicación aceptada y suficiente, el mapa no
tendría esta extensión. La existencia de tantas familias teóricas indica que
todavía no hemos logrado cerrar la brecha entre la descripción objetiva del mundo
físico y la presencia subjetiva de la experiencia.
Ya no se trata solo de preguntar si la consciencia emerge del cerebro,
sino de reconocer que esa pregunta se inscribe en un paisaje mucho más amplio.
Un paisaje donde conviven neurociencia, filosofía, teoría de la información,
biología, física, inteligencia artificial y viejas intuiciones metafísicas que
no han desaparecido del todo. Ese panorama no resuelve el problema, pero sí
corrige cualquier exceso de seguridad.
La consciencia, entonces, no es un
misterio cualquiera. Es un misterio situado en el centro de nuestra comprensión
de la vida, de la mente y quizá del futuro de la inteligencia. Por eso conviene
volver sobre ella, no para dictar sentencia, sino para mirar el mapa para reconocer la complejidad del asunto.