domingo, 22 de marzo de 2026

Mi acercamiento al problema de la consciencia II

Por Orlando Scoppetta DG.

De mi primera entrada acerca del problema de la consciencia puede quedar la imagen de que me deslindo de la posibilidad de que la consciencia sea fundamentalmente el resultado de eventos biológicos. No es así, no estoy convencido de ello. Mi objetivo con estas entradas es plantear el problema desde mi comprensión personal sin descartar ninguna de las fuentes de explicación serias.

    Hay una tentación comprensible en el debate sobre la consciencia. Cuando se llega al punto en que la explicación se vuelve oscura, cuando ya no basta con describir neuronas, redes, impulsos eléctricos o patrones de activación, muchos sienten que ha llegado el momento de abandonar la vía materialista. Como si la sola dificultad del problema fuera ya una prueba de que estamos mirando en la dirección equivocada. Pero no lo creo. No saber todavía cómo emerge la consciencia del cerebro no equivale a demostrar que no emerge de él. Equivale, más bien, a reconocer que nos enfrentamos a uno de los problemas más difíciles que ha encontrado la inteligencia humana. David Chalmers lo dijo con claridad al distinguir el problema duro de la consciencia de otros problemas más abordables de la mente. La dificultad es real. Lo que no se sigue de ahí es que la hipótesis materialista deba ser descartada.


De hecho, descartar esa hipótesis en este momento sería prematuro. En filosofía de la mente, el fisicalismo sigue ocupando un lugar central. No porque haya ganado de forma definitiva, sino porque sigue siendo una de las grandes maneras de organizar lo que sabemos sobre la relación entre mente y mundo. El fisicalismo es, en términos generales, la tesis de que todo es físico, o depende de lo físico. La consciencia representa uno de sus desafíos más profundos, sí, pero desafío no es derrota. Problema difícil no es refutación.

Lo que vuelve esto especialmente importante no es solo la discusión filosófica, sino la terquedad de los hechos. La consciencia humana conocida no se comporta como algo ajeno al cerebro. No parece flotar por encima de él con independencia soberana. Parece más bien acompañarlo, padecerlo, seguirlo en su integridad y en su ruina. Cuando el cerebro se altera, la consciencia cambia. Cuando el daño es grave, la consciencia se apaga o se rompe. Y cuando la función del cerebro entero se pierde de manera irreversible, también desaparece la posibilidad misma de consciencia humana. Las definiciones neurológicas actuales de muerte encefálica descansan precisamente en esa pérdida irreversible de la función de todo el cerebro, incluido el tronco encefálico.

Este punto me parece decisivo. No es una prueba final de que la consciencia sea idéntica al cerebro. No cierra de una vez por todas el debate metafísico. Pero sí impide tratar con ligereza la idea de que la consciencia emerge de la actividad cerebral. Si toda la evidencia clínica relevante muestra que la experiencia consciente depende de la integridad funcional del cerebro, entonces la propuesta materialista no solo sigue en pie. Sigue siendo una de las hipótesis más serias disponibles. No porque explique ya todo, sino porque todavía ninguna otra hipótesis ha mostrado un vínculo empírico más firme con lo que observamos.

Hay, además, una confusión frecuente que conviene despejar. A veces se cree que una teoría solo merece seguir viva si ya posee una explicación completa. Eso no ha sido cierto en la historia de la ciencia y no tiene por qué serlo aquí. Muchas veces primero advertimos una dependencia, una regularidad, una estructura de hechos, y solo después, a veces mucho después, entendemos el mecanismo. No comprender todavía el cómo no obliga a negar el qué. No entender aún cómo la materia cerebral organizada produce experiencia subjetiva no obliga a concluir que no la produce. Obliga a seguir pensando. Obliga a trabajar más. Obliga a admitir que la laguna es enorme. Pero no obliga a abandonar la hipótesis. Chalmers, precisamente, formuló el problema duro para mostrar la magnitud de esa laguna, no para demostrar que toda explicación naturalista hubiera quedado descartada de antemano.

Por eso me parece importante resistir tanto el triunfalismo como la renuncia. El triunfalismo diría que la neurociencia ya resolvió el problema de la consciencia. No es verdad. La renuncia diría que, como no lo ha resuelto, debemos buscar la respuesta fuera del cerebro o más allá de la materia. Tampoco me parece justificado. Entre esos dos excesos hay una posición más sobria y, a mi juicio, más seria. Consiste en admitir que seguimos sin una teoría satisfactoria de la emergencia de la experiencia subjetiva, pero que eso no debilita por sí solo la hipótesis de que la consciencia emerja del cerebro. La mantiene abierta. Tal vez incluso la refuerza, porque todo lo que vemos apunta una y otra vez hacia la misma dependencia.

No es casual que algunos de los nombres más influyentes en este campo hayan trabajado justamente desde ese supuesto. Francis Crick y Christof Koch ayudaron a dar forma al programa de búsqueda de los correlatos neuronales de la consciencia, es decir, de las condiciones cerebrales asociadas a la experiencia consciente. Ese programa no nació de una ingenuidad reduccionista cualquiera, sino de la convicción de que si la consciencia forma parte de la naturaleza, debe dejar huellas en la organización del cerebro y puede ser estudiada con seriedad empírica. Décadas después, esa agenda sigue viva en la investigación contemporánea.

Algo parecido ocurre con autores como John Searle. Su naturalismo biológico tiene la virtud de no negar la realidad irreductible de la experiencia subjetiva y, al mismo tiempo, insistir en que esa experiencia es causada por procesos neurobiológicos. Esa idea me parece especialmente valiosa porque evita una falsa elección. No obliga a escoger entre un materialismo tosco, incapaz de tomarse en serio la subjetividad, y un abandono de la naturaleza como horizonte explicativo. Permite decir algo más matizado y quizá más verdadero: que la consciencia es un rasgo real del mundo, pero un rasgo que surge en organismos biológicos con cerebros de cierto tipo.

Al final, mi impresión es esta. La hipótesis materialista no puede descartarse. La idea de que la consciencia emerge del cerebro no queda anulada por el hecho de que todavía no sepamos explicar su mecanismo. Al contrario, sigue siendo una hipótesis plenamente vigente porque el conjunto de la evidencia empírica la mantiene en el centro del problema. La consciencia sigue siendo un misterio. Pero no cualquier misterio. Es un misterio que, hasta donde alcanzan nuestros datos, acompaña fielmente al cerebro, depende de él, se deforma con él y desaparece con su destrucción irreversible. Eso no es una teoría completa. Pero tampoco es un detalle menor. Es, más bien, una razón poderosa para no abandonar demasiado pronto la vieja y difícil intuición de que quizá la consciencia, con todo su espesor interior, sea una forma de la materia viva cuando alcanza cierto grado de organización.

 


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