La muerte aterra. Es el umbral inapelable del final, una frontera que intentamos amortiguar con símbolos, consuelos y misterios. Aunque milenios de tradición, y acaso también una intuición más honda, o quizá una ilusión nacida de la desesperación, nos empujen a imaginarla como un portal hacia una sustancia más pura, despojada de los afanes, las servidumbres y el ruido de eso que llamamos vida.
Pareciera que estamos sometidos a una paradoja concebida por un economista orate: solo aquello que puede acabarse conserva algún valor, y por eso la vida necesita de su finitud para no envilecerse.
Hay, sin embargo, otra forma de mirar este problema.
Sócrates, en la Apología, sostiene que temer a la muerte dado que no conocemos su naturaleza es una forma de falsa sabiduría. No sabemos qué es morir. El temor
de nuestra carne delata que no sabemos con certeza si la muerte es un mal, o
incluso un bien. Lo que sí sabemos, dice, es que una vida injusta corrompe el
alma. Por eso no teme tanto a la muerte como a obrar mal. Visto desde ahí, el
problema de la inmortalidad cambia de eje. La pregunta ya no es solo si querríamos
vivir para siempre, sino si estamos viviendo de una manera que merezca ser
prolongada.
Peor que la muerte es llevar la vida de manera injusta: es hacer el mal.
Las tradiciones antiguas nos han legado la esperanza de una
vida infinita. No esta vida corporal, terrenal, sometida a la
angustia, al desgaste y a la pérdida, sino otra forma de persistencia, más
pura, más alta o más verdadera. Esa esperanza ha acompañado a la humanidad
durante siglos y no es difícil comprender por qué. Frente a la muerte, ofrece
consuelo, continuidad y sentido. Pero quizá, como en Sócrates, la humildad sea
un recurso más honesto que esa certidumbre enfática de tantos creyentes, una
certidumbre que vemos vacilar precisamente cuando el fin se aproxima.
Y si aquella antigua enseñanza no fuera real, quisiera al
menos acoger otra aspiración, más sobria y en cierto sentido más humana.
Siguiendo, a mi manera, la lección del maestro ateniense, aspiro a que quede de
mí, al menos por un tiempo corto, el recuerdo sereno de una buena persona.
Post scriptum. Jorge Luis Borges murió el 14 de junio de 1986. A hombres como él la imaginación suele concederles una forma de inmortalidad, un Olimpo literario en el que seguirían habitando los grandes nombres. Pero, si se hubieran cumplido sus propios deseos, nada de eso habría ocurrido. Borges no perduraría, no reposaría en ninguna paz ulterior. Simplemente habría desaparecido. Ya no existe. Ya no es.

