Por Orlando Scoppetta DG
La historia de la pintura no pasa
solamente por la pared, la tabla y el lienzo. Hay una superficie que no
conviene olvidar: la vasija.
En muchos museos se encuentran
vasijas de arcilla muy antiguas que todavía conservan imágenes. Algunas
muestran animales, signos, figuras humanas, motivos geométricos, escenas
rituales, batallas, mitos, banquetes o escenas eróticas. Esto obliga a pensar la
pintura de una manera más amplia. Antes de ser cuadro, la imagen también estuvo
sobre objetos que se usaban, se tocaban, se cargaban, se ofrecían, se
comerciaban o se depositaban en una tumba.
La vasija no era una superficie
simple. No era plana ni frontal. Tenía cuello, vientre, asas, borde, base y
curvatura. Pintar allí exigía resolver un problema visual complejo: adaptar la
figura al cuerpo del objeto. Una escena podía rodear la pieza. Un animal, un
guerrero, una divinidad o una figura humana debían conservar proporción y
fuerza sobre una superficie curva.
Además, la vasija modificaba la
forma de mirar. Una pintura sobre pared se contempla desde cierta distancia.
Una vasija podía tomarse con las manos, girarse, acercarse al rostro, verse por
partes. La imagen no aparecía necesariamente de una sola vez. A veces se
descubría al recorrer el objeto.
La cerámica pintada no nació en
Grecia. Mucho antes, en el Neolítico de Asia occidental y de China, ya existían
vasijas de notable refinamiento. En Mesopotamia septentrional y Siria, la
cultura Halaf produjo cerámicas finas con diseños elaborados. En China, la
cultura Yangshao desarrolló, vasijas pintadas con pigmentos rojos y negros,
donde ya se advierte el uso del pincel, la composición lineal y la búsqueda de
movimiento.
Grecia llegó después, pero llevó
la pintura sobre vasijas a una capacidad narrativa extraordinaria. En la
cerámica griega aparecen dioses, héroes, guerreros, atletas, animales, escenas
domésticas, banquetes y escenas eróticas. Allí la vasija se convirtió en un
soporte para contar historias. No era solo un recipiente. Era también una
superficie de memoria, deseo, mito y vida social.
Por eso la vasija pintada
recuerda la existencia del pintor. El alfarero hacía el objeto: escogía el
barro, modelaba la forma, calculaba el grosor, ensamblaba, secaba y cocía. Pero
pintar figuras humanas y animales requería otra destreza. Tal vez en algunos
casos una misma persona hacía ambas cosas. Aun así, los oficios no son
idénticos. Una cosa es fabricar una vasija. Otra, hacer que sobre ella aparezca
una escena.
El pintor de vasijas debía saber
mirar, dibujar y componer. Debía imaginar cómo se vería la imagen al girar el
objeto. Debía dominar la línea, el gesto, la proporción y el relato. Allí donde
había una superficie de arcilla, veía una batalla, un mito, un animal, una
danza, un cuerpo o una historia.
También en China y Japón la
cerámica y la porcelana desarrollaron formas refinadas de pintura. En la
porcelana china, el pincel, el pigmento, el esmalte y el fuego produjeron
imágenes de gran precisión: flores, aves, peces, paisajes, escenas cortesanas o
motivos simbólicos. En Japón, la porcelana de Arita e Imari mostró otra manera
de unir forma, color, línea y tradición pictórica.
La vasija pintada revela algo
decisivo: la pintura no nació únicamente para ocupar muros ni llegó a su
plenitud solo cuando apareció el lienzo. También habitó objetos. Se integró a
la vida material. Acompañó comidas, ritos, intercambios, celebraciones y funerales.
Donde el alfarero hacía una forma
capaz de contener agua, vino, aceite, perfume o alimento, el pintor añadía otra
capacidad: contener una imagen.
Uno modelaba el barro. El otro
modelaba la mirada.
| Vasija de la de la región de Ática |
| Pintor de Cleofonte: Dinos de figuras rojas |
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