domingo, 31 de mayo de 2026

MI HISTORIA DE LA PINTURA 4. LA VASIJA

 Por Orlando Scoppetta DG

La historia de la pintura no pasa solamente por la pared, la tabla y el lienzo. Hay una superficie que no conviene olvidar: la vasija.

En muchos museos se encuentran vasijas de arcilla muy antiguas que todavía conservan imágenes. Algunas muestran animales, signos, figuras humanas, motivos geométricos, escenas rituales, batallas, mitos, banquetes o escenas eróticas. Esto obliga a pensar la pintura de una manera más amplia. Antes de ser cuadro, la imagen también estuvo sobre objetos que se usaban, se tocaban, se cargaban, se ofrecían, se comerciaban o se depositaban en una tumba.

La vasija no era una superficie simple. No era plana ni frontal. Tenía cuello, vientre, asas, borde, base y curvatura. Pintar allí exigía resolver un problema visual complejo: adaptar la figura al cuerpo del objeto. Una escena podía rodear la pieza. Un animal, un guerrero, una divinidad o una figura humana debían conservar proporción y fuerza sobre una superficie curva.

Además, la vasija modificaba la forma de mirar. Una pintura sobre pared se contempla desde cierta distancia. Una vasija podía tomarse con las manos, girarse, acercarse al rostro, verse por partes. La imagen no aparecía necesariamente de una sola vez. A veces se descubría al recorrer el objeto.

La cerámica pintada no nació en Grecia. Mucho antes, en el Neolítico de Asia occidental y de China, ya existían vasijas de notable refinamiento. En Mesopotamia septentrional y Siria, la cultura Halaf produjo cerámicas finas con diseños elaborados. En China, la cultura Yangshao desarrolló, vasijas pintadas con pigmentos rojos y negros, donde ya se advierte el uso del pincel, la composición lineal y la búsqueda de movimiento.

Grecia llegó después, pero llevó la pintura sobre vasijas a una capacidad narrativa extraordinaria. En la cerámica griega aparecen dioses, héroes, guerreros, atletas, animales, escenas domésticas, banquetes y escenas eróticas. Allí la vasija se convirtió en un soporte para contar historias. No era solo un recipiente. Era también una superficie de memoria, deseo, mito y vida social.

Por eso la vasija pintada recuerda la existencia del pintor. El alfarero hacía el objeto: escogía el barro, modelaba la forma, calculaba el grosor, ensamblaba, secaba y cocía. Pero pintar figuras humanas y animales requería otra destreza. Tal vez en algunos casos una misma persona hacía ambas cosas. Aun así, los oficios no son idénticos. Una cosa es fabricar una vasija. Otra, hacer que sobre ella aparezca una escena.

El pintor de vasijas debía saber mirar, dibujar y componer. Debía imaginar cómo se vería la imagen al girar el objeto. Debía dominar la línea, el gesto, la proporción y el relato. Allí donde había una superficie de arcilla, veía una batalla, un mito, un animal, una danza, un cuerpo o una historia.

También en China y Japón la cerámica y la porcelana desarrollaron formas refinadas de pintura. En la porcelana china, el pincel, el pigmento, el esmalte y el fuego produjeron imágenes de gran precisión: flores, aves, peces, paisajes, escenas cortesanas o motivos simbólicos. En Japón, la porcelana de Arita e Imari mostró otra manera de unir forma, color, línea y tradición pictórica.

La vasija pintada revela algo decisivo: la pintura no nació únicamente para ocupar muros ni llegó a su plenitud solo cuando apareció el lienzo. También habitó objetos. Se integró a la vida material. Acompañó comidas, ritos, intercambios, celebraciones y funerales.

Donde el alfarero hacía una forma capaz de contener agua, vino, aceite, perfume o alimento, el pintor añadía otra capacidad: contener una imagen.

Uno modelaba el barro. El otro modelaba la mirada.


Vasija de la de la región de Ática 


Pintor de Cleofonte: Dinos de figuras rojas



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