Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.
Jorge Luis Borges. Arte Poética
Por Orlando Scoppetta DG.
Vuelvo de vez en cuando a la lectura de El Inmortal, como
regreso a otros relatos de Borges que parecen no agotarse nunca.
La muerte aterra. Es el umbral inapelable del final, una
frontera que intentamos amortiguar con símbolos, consuelos y misterios. Aunque milenios de tradición, y acaso también una intuición más honda,
o quizá una ilusión nacida de la desesperación, nos empujen a imaginarla como
un portal hacia una sustancia más pura, despojada de los afanes, las
servidumbres y el ruido de eso que llamamos vida.
En una vía casi contraria a ese miedo, Borges llegó a decir:
“Cuando me siento desdichado pienso en la muerte. Es el consuelo que tengo:
saber que no voy a seguir siendo, pensar que voy a dejar de ser”.
En “El inmortal”, siguiendo la epopeya del tribuno romano
Marco Flaminio Rufo, Borges lleva esa intuición hasta una de sus consecuencias más
perturbadoras. Allí sugiere que incluso la grandeza de Homero puede degradarse
si la vida se prolonga indefinidamente. La inmortalidad deja entonces de
parecer una promesa y empieza a parecer una condena. Borra la urgencia,
desgasta la memoria, disuelve la identidad y termina por volver indiferente lo
que, bajo la sombra de la muerte, parecía único y precioso.
Esta devaluación de la inmortalidad no es exclusiva de Borges. Simone de
Beauvoir contó en Todos los hombres son mortales la historia de un hombre para
quien vivir sin término no representa una plenitud superior, sino una lenta
extenuación del sentido. Raimon Fosca atraviesa los siglos y descubre que el
tiempo ilimitado no engrandece las cosas, sino que las erosiona. Los afectos
pierden su filo, las empresas humanas se empequeñecen, la historia misma se
vuelve repetición. Aquello que desde la vida breve parecía promesa, desde la
vida interminable revela su costado más desolador.
Más recientemente, Bernard Williams llevó esta sospecha al terreno de la filosofía. Su argumento es, en el fondo, sencillo y devastador: una vida indefinidamente prolongada terminaría por destruir las condiciones que vuelven apreciable la vida humana. Nuestros deseos, nuestros compromisos, nuestros afectos y aun nuestra idea de quiénes somos dependen de la finitud. Elegimos porque no tenemos tiempo para todo. Valoramos porque algo puede perderse. Nos aferramos a ciertos proyectos porque sabemos, aunque no siempre queramos admitirlo, que no disponemos de una eternidad para postergarlos. Privada de ese horizonte, la vida podría no solo hacerse tediosa, sino extraña a nuestra propia condición.
Pareciera que estamos sometidos a una paradoja concebida por
un economista orate: solo aquello que puede acabarse conserva algún valor, y
por eso la vida necesita de su finitud para no envilecerse.
Hay, sin embargo, otra forma de mirar este problema.
Sócrates, en la Apología, sostiene que temer a la muerte dado que no conocemos su naturaleza es una forma de falsa sabiduría. No sabemos qué es morir. El temor
de nuestra carne delata que no sabemos con certeza si la muerte es un mal, o
incluso un bien. Lo que sí sabemos, dice, es que una vida injusta corrompe el
alma. Por eso no teme tanto a la muerte como a obrar mal. Visto desde ahí, el
problema de la inmortalidad cambia de eje. La pregunta ya no es solo si querríamos
vivir para siempre, sino si estamos viviendo de una manera que merezca ser
prolongada.
Peor que la muerte es llevar la vida de manera injusta: es hacer el mal.
Las tradiciones antiguas nos han legado la esperanza de una
vida infinita. No esta vida corporal, terrenal, sometida a la
angustia, al desgaste y a la pérdida, sino otra forma de persistencia, más
pura, más alta o más verdadera. Esa esperanza ha acompañado a la humanidad
durante siglos y no es difícil comprender por qué. Frente a la muerte, ofrece
consuelo, continuidad y sentido. Pero quizá, como en Sócrates, la humildad sea
un recurso más honesto que esa certidumbre enfática de tantos creyentes, una
certidumbre que vemos vacilar precisamente cuando el fin se aproxima.
Y si aquella antigua enseñanza no fuera real, quisiera al
menos acoger otra aspiración, más sobria y en cierto sentido más humana.
Siguiendo, a mi manera, la lección del maestro ateniense, aspiro a que quede de
mí, al menos por un tiempo corto, el recuerdo sereno de una buena persona.